La revista estadounidense Harper’s Weekly dio cuenta en 1912 del extraordinario caso de Basil Glide. La publicación incluía un amplio reportaje gráfico (en su portada, el protagonista posa ante el Big Ben) y una reveladora entrevista al funcionario que sorprendió al Londres de su tiempo con sus singulares poderes.
El documento que a continuación se reproduce figura entre los manuscritos a los que H. G. Wells tuvo acceso durante la redacción de su obra “Alfred Ignatius Fox: Alive and kicking". Las últimas voluntades de Sir Alfred nunca fueron respetadas por lo que, y a pesar de lo preciso de sus disposiciones, jamás le fue retirada la nacionalidad británica. “Maldito chalado bastardo”, fueron las palabras que, según la tradición de los biógrafos de Sir Alfred, pronunció su esposa, la señora Margaret Merryweather, tras dar lectura al testamento. [La célebre visita de Fox a Manchukuo , inspirada por el amor otoñal que el insigne escritor inglés profesó a la bellísima Tang-Yu-ling, constituyó una de las cimas de la intensa biografía del autor de "The virtuous man". Fox arribó a Manchukuo el 5 de julio de 1934. Cincuenta años más tarde, el Servicio Postal Británico emitiría un sello conmemorativo del acontecimiento].
Si, tras mi muerte, alguien husmea entre mis legajos, podrá encontrar el documento que detalla mis últimas voluntades. Quien tal ose obtendrá como recompensa a su curiosidad la lectura de un testimonio que, dado su alcance y gravedad, jamás me atreví a compartir en vida. Léase el presente testamento con el respeto y la reverencia debidos a quien en un futuro, quizás no tan lejano como usted imagina, se convertirá en su vecino de fosa. Vamos a ello: "Yo, Sir Alfred Ignatius Fox, a cuatro palmos de la línea de meta y en posesión de todas mis facultades mentales –las físicas, que tanto solaz me proporcionaron, las extravié hace tiempo-, declaro mi irrevocable voluntad de renunciar a mi condición de súbdito del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte para convertirme, quid pro quo, en servidor abnegado de Kang-Te, reverenciadísimo monarca del recién constituido Imperio de Manchukuo".
Evelyn J. Partridge (1888-1969) fue viajera incansable y uno de los nombres de referencia en el ámbito de las ciencias dedicadas al estudio del comportamiento animal. Nacida en Brighton en el seno de una familia acomodada, Patridge cursó estudios en Cambridge antes de emprender un colosal viaje de tres décadas que le condujo a través de decenas de países. “El extraño caso de los pollos de la granja Painfulpeck”, publicado en 1935, es un sesudo estudio científico en el que Partridge empeñó seis años de su labor profesional. El trabajo da cuenta del extravagante comportamiento mostrado por las aves hacinadas en una granja de la localidad de Moulton, en los Estados Unidos. Lo que sigue es un fragmento de dicha obra.(En la imagen, Partridge posa junto a un grupo de trabajadores de la granja Painfulpeck. Junto a ella, una joven sostiene a Cary, al que todos los indicios reputan como uno de los vástagos del malhadado Benny).
No ha de extrañar que los pollos de la granja avícola Hermanos Painfulpeck se hayan visto seducidos por el atractivo del mostrador que preside la pollería Viuda de Silvester Thigh, ubicada en pleno centro del mercado de abastos. Durante años, la rutina en la granja de los Painfulpeck condenó a generaciones de pollos a la alienación y el aburrimiento. La intensidad de la luz que despedían las bujías utilizadas para iluminar el recinto, infatigables día y noche para confusión de la población aviar, invitaban a los animales a comer compulsivamente. Era digno de ver el espectáculo que ofrecían miles de pollos confabulados en una coreografía de cuellos que ascendían y descendían mientras una sinfonía de cloqueos y golpes de pico señalaba el ritmo de los danzantes. Los abuelos y los padres de estos pollos no concibieron más vida que la del hacinamiento, el hartazgo de grano y el penetrante hedor a mierda de ave.
"Un instante, escogido de entre una infinidad de momentos posibles, un par de ojos de vidrio y un buen montón de borra. Eso es la taxidermia". La definición corresponde a Andrew Tunafish, uno de los más talentosos taxidermistas nacidos en el Reino Unido. Tunafish es el autor de la obra maestra de la taxidermia británica: la disecación del Coronel Lewellyn Percival, militar laureado de los ejércitos de Su Majestad y miembro egregio de la Academia de las Buenas Letras del condado de Buckinghamshire. La ilustración que acompaña el texto reproduce uno de los papeles de trabajo que empleó Tunafish para ejecutar su magna obra. Este blog quiere expresar su más encendido agradecimiento a la Sociedad Británica para la Historia de la Taxidermia, cuya directiva ha cedido este valioso documento con desprendimiento generoso y desinteresado. En el cuadro, retrato de Sarah y Cecil Tunafish, fundadores de la única saga de taxidermistas que ha merecido una entrada en la Enciclopedia Británica.
Dijeron que el difunto Coronel Lewellyn Percival estaba mochales, que no existía modo de explicar aquella su última chaladura, un disparate póstumo que constituía una ofensa a Dios, una excentricidad que escandalizó a la Academia de las Buenas Letras y causó algún que otro accidente cardiovascular a varios miembros de su directiva. No ha de asombrarnos, sin embargo, tanta incomprensión. El Coronel Percival era un pionero, un visionario, un adelantado, y de todos resulta sabido que aquél que ve más allá acaba siendo víctima de la arrogancia de sus contemporáneos. El benemérito Lewellyn Percival no iba a ser una excepción.
La cuñada de Lord Reuben Hayes insistió en que antes de la cena la familia debía conocer las habilidades músico vocales de su pequeño Henry, un niño orondo y perezoso hacia quien el anfitrión de aquella entrañable velada de Navidad sentía un acerbo desafecto. Pero como la cuñada no desistía de su propósito, allá tensáronse las cuerdas vocales del angelito para remover de indignación en su fosa al bueno de Haendel, cuyo Mesías se empeñó en perpetrar aquel monstruo adolescente.
La existencia del hombre es una aventura plagada de amenazas. Ahí afuera acecha un sinnúmero de virus en permanente mutación, una turba de microbios ansiosos por asentarse en nuestras mucosas, un sinfín de sustancias ponzoñosas emboscadas en los más apetecibles alimentos. La vida no es sino una continua batalla, un combate sin tregua, una guerra sin cuartel entre el individuo y un medio hostil. Históricamente, el hombre, perdido en un mundo tan inclemente, ha procurado proveerse de los instrumentos y el bagaje necesarios para defender su salud y, con ella, su propia vida. La medicina ha servido de égida contra los embates de la enfermedad, de protección no pocas veces impenetrable para la voracidad de gripes, sarampiones y paperas. La ciencia de Galeno e Hipócrates nos ha legado los medios para demorar la muerte.
La medicina ha alcanzado cimas entre las que no sería honrado silenciar algunas de las que tenemos por más afortunadas y providenciales: el ácido acetil salicílico, el linimento Sloan, el jerez amontillado y la obra literaria de Derrick de Marney, cuya lectura se ha revelado eficacísima en el tratamiento de los desarreglos del sueño.
La medicina ha alcanzado cimas entre las que no sería honrado silenciar algunas de las que tenemos por más afortunadas y providenciales: el ácido acetil salicílico, el linimento Sloan, el jerez amontillado y la obra literaria de Derrick de Marney, cuya lectura se ha revelado eficacísima en el tratamiento de los desarreglos del sueño.
El gran maestre abrió la sesión con un tañido admonitorio de la campanilla. Los caballeros callaron. Un silencio ceremonioso, urdido bajo la uniformidad de una hilera de sombreros de hongo, testimonió el respeto que los sectarios dispensaban al jefe. No resulta frecuente en nuestros días asistir a un ritual de esta naturaleza, fundado no sólo en el anonimato de los prosélitos sino también en la indispensable reserva que ha de guardarse sobre la existencia misma de la sociedad. Doce hombres ataviados con bombín, chaleco y cuello duro que empeñan prestigio y sosiego en una honorable misión: atesorar tiempo.
La mirada bizqueante de John “Bloody” Butcher era el trasunto de un estrabismo moral que le acuciaba a cometer actos perversos, crímenes horrendos. La inestable alineación de sus globos oculares no representó obstáculo alguno para que, durante más de medio siglo, “Bloody” Butcher cumpliera con un abyecto ritual nocturno que, como único oficiante, le conducía por las callejuelas más sórdidas del viejo Londres tras el rastro de sus inocentes presas. El despiadado John deambulaba reconfortado por la inestimable compañía de su fiel Jessie, una oxidada daga cuya hoja curva había trabado intimidad en más de una ocasión, y sin distinción de linaje, fortuna o credo, con las entrañas de vagabundos desaseados, jóvenes voluptuosas cuya fiebre atemperaba el helor del acero y aristócratas fatalmente extraviados en un callejón brumoso y desconocido.
LA PROVERBIAL LUCIDEZ DE LORD HERBERT REGINALD MONTAGUE. IN MEMORIAM, esbozo biográfico recogido de la obra de Sir Alfred I. Fox "Warriors of faith"
Lord Herbert Reginald Montague (1833 - 1920) fue tenido en vida como uno de los más ilustres hombres públicos que jamás rindieron servicio a Su Majestad la Reina Victoria. El nombre y obra de Lord Montague alcanzaron los confines del Imperio, celebridad que sus contemporáneos atribuían a una oratoria excelente, una rígida moral anglicana y un intelecto vivo y punzante. En realidad, y esto era una verdad tan sólo conocida en su círculo familiar y entre el personal de su servicio doméstico, Lord Montague era un cretino, lo que en ésta y en otras épocas se ha venido en llamar un perfecto idiota.
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