No ha habido memoria para Don Inocencio Rienda Segura, fallecido el 12 de julio de 1959 en su domicilio de calle General Belgrano de la ciudad de Mendoza, Argentina. Ni un solo recuerdo para quien hubo de huir al exilio perseguido por la incomprensión de su tiempo. Poeta y filósofo, periodista y polígrafo, encontró la muerte a millares de kilómetros de su tierra natal, donde, como ya se ha dicho, no se guarda recuerdo alguno ni de su persona ni de su obra, una vasta producción poética inspirada en la remembranza de las rubicundas arenas que guardan las bahías de la España meridional, del severo viento del este que azota los espíritus. Fue a morirse de una alferecía el poeta desterrado, olvidado de su patria, a la que tanto amó, de la que se vio obligado a escapar por su militancia anarcosindicalista, él, que si se mira de modo escrupuloso, se inició en la acracia por un incidente casual, un acontecimiento azaroso, más bien por un despiste.
Imaginen la escena: Don Inocencio, un joven oficial del ejército franquista, inexperto e influenciable, desorientado tras el ataque de la artillería roja que le separó de sus compañeros, que levantó en torno a su atildada figura de teniente de la Legión una polvareda que no le permitía ver más allá de sus narices, situación que se mantuvo hasta que, entre el polvo en suspensión, descubrió, abandonada, una bandera rojinegra, un emblema que no dudó en tomar entre sus manos con determinación joseantoniana para, jaleado por la responsabilidad de defender la España eterna, la España una, la España libre, dirigirse furibundo, a pecho descubierto, contra las que creyó filas enemigas, ofensiva que no detuvo hasta que comenzó a disiparse la bruma a su alrededor, momento en que pudo notar que lo que portaba entre las manos era una bandera de la CNT, que quienes le seguían en su arrebatado ataque eran dos centenares de aguerridos anarquistas y que la trinchera contra la que arremetía era la suya propia. Y claro está, llegados hasta aquí a ver quién dice, cáspita, lo siento, presente excusas en mi nombre al general o intenta convencer al enemigo de que uno no es anarquista, sino teniente de la Legión, y que lo de la bandera y el ataque no han sido sino un malentendido. Así que, debido a un cúmulo de circunstancias casuales, Don Inocencio acabó convertido en referente del anarquismo español, condición que, ya en el exilio, cultivó con la redacción de obras fundamentales para la acracia ibérica como “La influencia de la visibilidad en la toma de conciencia del anarquista”.
El humilde apartamento de la calle General Belgrano ha visto consumirse la vida de este paisano ilustre, autor de poemarios excelsos, evocadores de su terruño, protagonista involuntario de una muerte lejana, inadvertida. Una vida, la de Don Inocencio, a la que se ha hurtado el merecido reconocimiento, el de sus propios coterráneos, no el de su patria de acogida, que le festejó con decenas de galardones, premios que no sirvieron, sin embargo, para acrecentar ni un ápice su prestigio en su tierra, pues no hubo ni una referencia en la prensa nacional, ni una alusión institucional, ni una mención de sus colegas de oficio.
Ha muerto Don Inocencio por el peso de veinte años de exilio. Su memoria reclama una reparación, una compensación, un desagravio.
Ha muerto Don Inocencio. Sólo una nota adherida a la puerta de su apartamento testimonia el desenlace fatal, la terrible pérdida. En la nota puede leerse: “Ha muerto el poeta. Se alquila”.

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