Philip Edgard Blanket es, junto a Bobby Charlton y George Best, uno de los emblemas y referencias ineludibles del fútbol británico. Su consideración como uno de los aristócratas del balompié en las Islas resulta tanto más meritoria si se tiene en cuenta su absoluta ineptitud para el ejercicio práctico de este deporte. Pero dejemos que sea Bobby Charlton quien nos presente al personaje: “Blanket parecía dotado de un raro talento para elegir el pase más inadecuado en el momento más inoportuno. Su presbicia le condenaba a errar la mayoría de los puntapiés lanzados al balón, los cuales, incapaces de hacer blanco, acababan, inevitablemente, martirizando las espinillas de los adversarios, cuando no las de sus propios compañeros de equipo. Renqueaba de la pierna izquierda, padecía problemas de lateralidad, era daltónico. Blanket resultaba desesperante. ¡Pero, amigo mío, sin sus teorías, sin sus aportaciones a la estrategia y sin sus orientaciones acerca de cómo han de hacerse las cosas sobre el terreno de juego, el fútbol inglés no habría abandonado todavía su prehistoria! ¡Le debemos tanto a Blanket!” (de la autobiografía “Eleven on the grass”, Penguin Books Ltd, 1981).La ilustración corresponde a una de las formaciones del Leeds United correspondiente a la temporada 1927-1928. De izquierda a derecha, (detrás) John Armand, entrenador; Willis Edwards; Tom Townsley; Jimmy Potts; Bill Menzies; George Reed; Allan Ure, segundo entrenador; (delante) Bobby Turnbull; Phil Blanket; Charlie Keetley; Russell Wainscoat; Tom Mitchell; y Ernie Hart .
No sabría decir a ciencia cierta por qué, pero esta tarde apacible de primavera en la que el mundo se manifiesta en toda su plenitud, me ha venido a la memoria la insólita peripecia vital de Philip Edgard Blanket, medio volante del Leeds United, rutilante teórico del balompié y reserva sempiterno.
No fue tenido nunca Blanket por fino estilista. Si alguna vez hubiesen reparado en él, los círculos entendidos no habrían sido capaces de encontrar para su juego más calificativo que el de calamitoso. Blanket era, y doloroso resulta reconocerlo, un auténtico manta.
Todos y cada uno de sus preparadores admiraron en Blanket su abnegación en los entrenamientos, su anhelo de mejora, su carácter inasequible al desaliento. Pero una cosa era festejar sus atractivos morales y otra alinear a aquel dechado de ineptitudes. El fútbol era cruel con aquella desdichada criatura.
Pero el medio volante no se dejó amilanar por la contumacia de su infortunio y se juró que, pese a su desprecio, el fútbol tendría que retribuirle por todo aquello que le había negado. Y, fruto de largas noches de vigilia y detenidas reflexiones, nació el que hoy día es considerado como texto de referencia para todos los cultivadores de los estudios balompédicos. El título de tan magna obra reza: “Aplicación de criterios de eficiencia y eficacia al lanzamiento de penaltis. Cómo ejecutar correctamente una pena máxima” (Londres, Heinemann, 1925).
El destino, indigno alcahuete, acaba un día u otro por enfrentarnos a nuestras propias miserias. Así sucedió a Blanket, el futbolista inoperante, quien, quizá en premio a sus denodados empeños, fue finalmente convocado por su entrenador para el encuentro de la octava jornada del campeonato nacional de liga en su segunda división que había de enfrentar al Leeds United con el Wolverhampton Wanderers.
Aquella soleada tarde de abril, Blanket tomó asiento en el banquillo en la certeza de que su presencia sobre el césped no habría de ser requerida. Se arrellanó sobre la almohadilla y se dejó arrobar por una dulce y acogedora somnolencia. Y así gozaba, en este estado de inconsciencia, cuando, de improviso, notó cómo una mano vigorosa y velluda le zarandeaba mientras una voz, en la que reconoció la de su entrenador, le anunciaba: “Blanket, al campo”.
Abrazado a Morfeo, Blanket no había podido evaluar la gravedad de la situación: minuto 45 de la segunda parte; Edwards, Menzies y Turnbull, expulsados; Mitchell, Ernie Hart, White, Wainscoat y Townsley, presas de dolorosos calambres; Keetley, atendido en la banda; Reed, alcanzado en la cabeza por una jarra, con capacidad para una pinta de cerveza, lanzada con alevosía desde la grada; Jimmy Potts, el guardameta, víctima de un acceso de ansiedad. “Blanket, el penalti lo tiras tú”, le ordenó su preparador.
Allí fue Blanket, el balón entre las manos, el corazón desbocado, el público vociferante. Y fue al hollar con la bota el punto de cal para acomodar el cuero cuando advirtió que, si en su destino estaba alcanzarla, aquélla era la antesala de la gloria. Su existencia pasó ante sus ojos como una película en tintes sepias. Repasó las precisas instrucciones contenidas en su libro, imaginó el momento del impacto, el vuelo de la pelota, la inútil palomita del portero. Tomó carrerilla y, decidido como nunca lo estuvo en toda su existencia, concentró todas sus energías en su pie izquierdo y chutó como sólo puede hacerlo un hombre desesperado. Para su desazón, el patadón obvió el balón y fue a concentrarse en el césped, sobre el cual abrió una oquedad de unos diez centímetros. La pelota, apenas empujada, trotó inocente hacia las manos del portero como un corderito recién alumbrado.
Pero comoquiera que la vida está preñada de acontecimientos inesperados, quiso la fortuna que el guardameta, que ya había asegurado el balón entre sus guantes, tropezara de espaldas cuando buscaba el impulso necesario para enviar la pelota a su extremo izquierdo, de suerte que hombre y cuero fueron a rodar, juntos y hermanados, al interior de la portería. “Gol”, gritó la grada. “Gol”, concedió el colegiado.
Y, Blanket, aupado a hombros por sus compañeros, no pudo por menos que hacerse una consideración final: “No hay nada mejor que disponer de un método para cada cosa”, se dijo.
[Traductor: Lorenzo Stappleton Luján]

























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