A PROVIDENTIAL MAN, reproducido de “British sports”, obra de Sir Alfred Ignatius Fox

Philip Edgard Blanket es, junto a Bobby Charlton y George Best, uno de los emblemas y referencias ineludibles del fútbol británico. Su consideración como uno de los aristócratas del balompié en las Islas resulta tanto más meritoria si se tiene en cuenta su absoluta ineptitud para el ejercicio práctico de este deporte. Pero dejemos que sea Bobby Charlton quien nos presente al personaje: “Blanket parecía dotado de un raro talento para elegir el pase más inadecuado en el momento más inoportuno. Su presbicia le condenaba a errar la mayoría de los puntapiés lanzados al balón, los cuales, incapaces de hacer blanco, acababan, inevitablemente, martirizando las espinillas de los adversarios, cuando no las de sus propios compañeros de equipo. Renqueaba de la pierna izquierda, padecía problemas de lateralidad, era daltónico. Blanket resultaba desesperante. ¡Pero, amigo mío, sin sus teorías, sin sus aportaciones a la estrategia y sin sus orientaciones acerca de cómo han de hacerse las cosas sobre el terreno de juego, el fútbol inglés no habría abandonado todavía su prehistoria! ¡Le debemos tanto a Blanket!” (de la autobiografía “Eleven on the grass”, Penguin Books Ltd, 1981).
La ilustración corresponde a una de las formaciones del Leeds United correspondiente a la temporada 1927-1928. De izquierda a derecha, (detrás) John Armand, entrenador; Willis Edwards; Tom Townsley; Jimmy Potts; Bill Menzies; George Reed; Allan Ure, segundo entrenador; (delante) Bobby Turnbull; Phil Blanket; Charlie Keetley; Russell Wainscoat; Tom Mitchell; y Ernie Hart .

No sabría decir a ciencia cierta por qué, pero esta tarde apacible de primavera en la que el mundo se manifiesta en toda su plenitud, me ha venido a la memoria la insólita peripecia vital de Philip Edgard Blanket, medio volante del Leeds United, rutilante teórico del balompié y reserva sempiterno.
No fue tenido nunca Blanket por fino estilista. Si alguna vez hubiesen reparado en él, los círculos entendidos no habrían sido capaces de encontrar para su juego más calificativo que el de calamitoso. Blanket era, y doloroso resulta reconocerlo, un auténtico manta.
Todos y cada uno de sus preparadores admiraron en Blanket su abnegación en los entrenamientos, su anhelo de mejora, su carácter inasequible al desaliento. Pero una cosa era festejar sus atractivos morales y otra alinear a aquel dechado de ineptitudes. El fútbol era cruel con aquella desdichada criatura.
Pero el medio volante no se dejó amilanar por la contumacia de su infortunio y se juró que, pese a su desprecio, el fútbol tendría que retribuirle por todo aquello que le había negado. Y, fruto de largas noches de vigilia y detenidas reflexiones, nació el que hoy día es considerado como texto de referencia para todos los cultivadores de los estudios balompédicos. El título de tan magna obra reza: “Aplicación de criterios de eficiencia y eficacia al lanzamiento de penaltis. Cómo ejecutar correctamente una pena máxima” (Londres, Heinemann, 1925).
El destino, indigno alcahuete, acaba un día u otro por enfrentarnos a nuestras propias miserias. Así sucedió a Blanket, el futbolista inoperante, quien, quizá en premio a sus denodados empeños, fue finalmente convocado por su entrenador para el encuentro de la octava jornada del campeonato nacional de liga en su segunda división que había de enfrentar al Leeds United con el Wolverhampton Wanderers.
Aquella soleada tarde de abril, Blanket tomó asiento en el banquillo en la certeza de que su presencia sobre el césped no habría de ser requerida. Se arrellanó sobre la almohadilla y se dejó arrobar por una dulce y acogedora somnolencia. Y así gozaba, en este estado de inconsciencia, cuando, de improviso, notó cómo una mano vigorosa y velluda le zarandeaba mientras una voz, en la que reconoció la de su entrenador, le anunciaba: “Blanket, al campo”.
Abrazado a Morfeo, Blanket no había podido evaluar la gravedad de la situación: minuto 45 de la segunda parte; Edwards, Menzies y Turnbull, expulsados; Mitchell, Ernie Hart, White, Wainscoat y Townsley, presas de dolorosos calambres; Keetley, atendido en la banda; Reed, alcanzado en la cabeza por una jarra, con capacidad para una pinta de cerveza, lanzada con alevosía desde la grada; Jimmy Potts, el guardameta, víctima de un acceso de ansiedad. “Blanket, el penalti lo tiras tú”, le ordenó su preparador.
Allí fue Blanket, el balón entre las manos, el corazón desbocado, el público vociferante. Y fue al hollar con la bota el punto de cal para acomodar el cuero cuando advirtió que, si en su destino estaba alcanzarla, aquélla era la antesala de la gloria. Su existencia pasó ante sus ojos como una película en tintes sepias. Repasó las precisas instrucciones contenidas en su libro, imaginó el momento del impacto, el vuelo de la pelota, la inútil palomita del portero. Tomó carrerilla y, decidido como nunca lo estuvo en toda su existencia, concentró todas sus energías en su pie izquierdo y chutó como sólo puede hacerlo un hombre desesperado. Para su desazón, el patadón obvió el balón y fue a concentrarse en el césped, sobre el cual abrió una oquedad de unos diez centímetros. La pelota, apenas empujada, trotó inocente hacia las manos del portero como un corderito recién alumbrado.
Pero comoquiera que la vida está preñada de acontecimientos inesperados, quiso la fortuna que el guardameta, que ya había asegurado el balón entre sus guantes, tropezara de espaldas cuando buscaba el impulso necesario para enviar la pelota a su extremo izquierdo, de suerte que hombre y cuero fueron a rodar, juntos y hermanados, al interior de la portería. “Gol”, gritó la grada. “Gol”, concedió el colegiado.
Y, Blanket, aupado a hombros por sus compañeros, no pudo por menos que hacerse una consideración final: “No hay nada mejor que disponer de un método para cada cosa”, se dijo.

[Traductor: Lorenzo Stappleton Luján]
LOST IN HAZE,según la narración de Margaret Merryweather, viuda de Fox, contenida en su obra "The Spanish Civil War. Private Lives"

La dimensión intelectual de Margaret Gertrud Gwendolen Merryweather (1887 – 1968) ha permanecido oculta durante décadas bajo la portentosa sombra de su marido, el ciclópeo Sir Alfred Ignatius Fox. Íntima colaboradora de quien fuera su compañero durante casi treinta años, Merryweather se convirtió en espíritu inspirador de uno de los más afamados trabajos que, en el campo de la antropología, alumbró el narrador y ensayista británico: "Reflections on fieldwork in Catholic Spain". La señora Fox reunió una vasta colección de documentos y testimonios que sirvieron a su esposo de fundamento para sus teorías acerca del ser nacional español. A raíz de este trabajo, Merryweather cobró particular aprecio por la historia y las gentes de España. Según reconocieron sus íntimos, sólo el descalabro emocional que supuso para su frágil temperamento la fuga del señor Fox con su amante manchú superó la compunción que germinó en su ánimo con el estallido de la Guerra Civil. Fruto de estas experiencias nació “The Spanish Civil War: Private Lives” (1961), un grueso volumen en el que la viuda de Fox quiso testimoniar el desgarro de España a través de una serie de pequeñas biografías que describen las peripecias vitales de algunos de sus intelectuales más comprometidos. Entre ellas figura la del escritor y teórico anarquista Inocencio Rienda Segura. La fotografía adjunta, tomada durante la Batalla del Jarama en 1937, es obra del mítico periodista húngaro Robert Capa. En ella, puede advertirse el desconcierto del joven oficial Rienda, captado en el instante mismo en el que la neblina comienza a disiparse. "Sí, fue en ese preciso momento cuando, con la perspectiva que ofrece observar las cosas bajo una nueva luz, adquirí conciencia de mi fatal error", explicaría años más tarde Rienda en su exilio argentino.

No ha habido memoria para Don Inocencio Rienda Segura, fallecido el 12 de julio de 1959 en su domicilio de calle General Belgrano de la ciudad de Mendoza, Argentina. Ni un solo recuerdo para quien hubo de huir al exilio perseguido por la incomprensión de su tiempo. Poeta y filósofo, periodista y polígrafo, encontró la muerte a millares de kilómetros de su tierra natal, donde, como ya se ha dicho, no se guarda recuerdo alguno ni de su persona ni de su obra, una vasta producción poética inspirada en la remembranza de las rubicundas arenas que guardan las bahías de la España meridional, del severo viento del este que azota los espíritus. Fue a morirse de una alferecía el poeta desterrado, olvidado de su patria, a la que tanto amó, de la que se vio obligado a escapar por su militancia anarcosindicalista, él, que si se mira de modo escrupuloso, se inició en la acracia por un incidente casual, un acontecimiento azaroso, más bien por un despiste. Imaginen la escena: Don Inocencio, un joven oficial del ejército franquista, inexperto e influenciable, desorientado tras el ataque de la artillería roja que le separó de sus compañeros, que levantó en torno a su atildada figura de teniente de la Legión una polvareda que no le permitía ver más allá de sus narices, situación que se mantuvo hasta que, entre el polvo en suspensión, descubrió, abandonada, una bandera rojinegra, un emblema que no dudó en tomar entre sus manos con determinación joseantoniana para, jaleado por la responsabilidad de defender la España eterna, la España una, la España libre, dirigirse furibundo, a pecho descubierto, contra las que creyó filas enemigas, ofensiva que no detuvo hasta que comenzó a disiparse la bruma a su alrededor, momento en que pudo notar que lo que portaba entre las manos era una bandera de la CNT, que quienes le seguían en su arrebatado ataque eran dos centenares de aguerridos anarquistas y que la trinchera contra la que arremetía era la suya propia. Y claro está, llegados hasta aquí a ver quién dice, cáspita, lo siento, presente excusas en mi nombre al general Millán Astray, o intenta convencer al enemigo de que uno no es anarquista, sino teniente de la Legión, y que lo de la bandera y el ataque no han sido sino un malentendido. Así que, debido a un cúmulo de circunstancias casuales, Don Inocencio acabó convertido en referente del anarquismo español, condición que, ya en el exilio, cultivó con la redacción de obras fundamentales para la acracia ibérica como “La influencia de la visibilidad en la toma de conciencia del anarquista”.
El humilde apartamento de la calle General Belgrano ha visto consumirse la vida de este paisano ilustre, autor de poemarios excelsos, evocadores de su terruño, protagonista involuntario de una muerte lejana, inadvertida. Una vida, la de Don Inocencio, a la que se ha hurtado el merecido reconocimiento, el de sus propios coterráneos, no el de su patria de acogida, que le festejó con decenas de galardones, premios que no sirvieron, sin embargo, para acrecentar ni un ápice su prestigio en su tierra, pues no hubo ni una referencia en la prensa nacional, ni una alusión institucional, ni una mención de sus colegas de oficio.
Ha muerto Don Inocencio por el peso de veinte años de exilio. Su memoria reclama una reparación, una compensación, un desagravio.
Ha muerto Don Inocencio. Sólo una nota adherida a la puerta de su apartamento testimonia el desenlace fatal, la terrible pérdida. En la nota puede leerse: “Ha muerto el poeta. Se alquila”.

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
AUGE Y OCASO DEL PUGILISMO ESTÁTICO, de "British sports", por Sir Alfred I. Fox

Joseph The Hammer Broodyhen (1864-1941) nació en Southampton y falleció 77 años más tarde en circunstancias aún no esclarecidas. Es conocido por las jóvenes generaciones de británicos como uno de los inspiradores del denominado boxeo artístico. Fundador del “pugilismo estático”, un indefinible estilo boxístico de cuya mano pasó a la posteridad, Broodyhen alentó, tras su episódica experiencia como púgil, el más prolífico y celebrado grupo de escritores de su época. El periodismo británico lo bautizaría años más tarde como “The brilliant journalists”. El grupo estaba integrado, además de por el propio Broodyhen, por un joven Virgil Coffin, por el entusiasta Sir Alfred Ignatius Fox y por el genial Gilbert Keith Chesterton.La imagen que ilustra el texto que se acompaña guarda un incuestionable valor histórico. La fotografía, tomada en 1893, muestra a Broodyhen en plena ejercitación atlética mientras, tras la valla, dos ilustres invitados atienden a sus evoluciones. La pareja de aficionados no es otra que la formada por el escritor Oscar Wilde y el aristócrata Lord Alfred Douglas, Bosie para los amigos e hijo del Marqués de Queensberry, padre del boxeo moderno.

Entretanto hallaba su verdadera vocación, Joe The Hammer, nacido Joseph Broodyhen, se perdió en probaturas, tentó la suerte en múltiples ocupaciones, se enredó en oficios estrafalarios que no le reportaron satisfacción alguna. Hasta que un día tuvo una revelación: entregaría su vida a la práctica del boxeo profesional. Joe The Hammer era un pionero, y como tal se conjuró consigo mismo para dejar profunda huella en la historia del pugilismo mundial. No, él no sería un boxeador más. Él inauguraría una nueva era fundada en una técnica de combate hasta entonces inconcebible. Sería el nuevo marqués de Queensberry, el inventor y único apologista de una nueva manera de concebir la lucha, una modalidad inspirada en la meditación y la introspección, una innovadora concepción del pugilato que vino en bautizar “pugilismo estático”. Nacía un arte reservado a atletas excepcionales, espíritus superiores capaces de perseguir un fin moral aun con desprecio de sus propias vidas.En su primer combate, The Hammer cumplió con exquisita observancia todos los rituales del viril deporte de las doce cuerdas. Subió al ring, botó sobre la lona con pequeños y reiterados saltitos, saludó al respetable con las manos enguantadas sobre la cabeza, se despojó del batín, cruzó manos con el oponente en un gesto de nobleza. Cuando el gong anunció el comienzo del primer asalto, y para sorpresa general, Joe permaneció inmóvil, todos y cada uno de sus músculos sin actividad alguna, los párpados abiertos como los de un búho, la respiración contenida. La cabeza de un león africano disecado sobre la chimenea de la mansión de un lord habría resultado irritantemente dinámica en comparación con la obstinada quietud de Joe. “En esto consiste el pugilismo estático”, explicaba mientras tanto en el rincón su entrenador, Leslie Pretty Philby.Bastó una, la primera, sonora y dolorosa, para que el boxeador inmóvil se derrumbara cuan largo era. El árbitro decretó knock out y se limpió las salpicaduras de sangre que motearon el cuello de su camisa impoluta. El público, entre estupefacto y divertido, fue retirándose hacia las salidas. Aquello constituyó el final del “pugilismo estático” y la renuncia a una prometedora carrera deportiva.El equipo de neurocirujanos no ocultó su preocupación a la familia. “Los daños cerebrales han sido masivos”, informó. Coágulos, aneurismas, lesiones irreversibles en el cerebelo. Desahuciado para el boxeo, y tras una rehabilitación que se prolongó a lo largo de varios meses, Joe The Hammer, ahora de nuevo Joseph Broodyhen, resolvió reorientar su vocación hacia otras actividades cuyo ejercicio resultara compatible con sus ahora mermadas facultades intelectivas. Y fue así como se metió a periodista. Especializado en análisis político y estrategias de partido.Casos como el de Joseph Broodyhen, púgil frustrado y periodista conspicuo, son los utilizados por las enciclopedias, los catecismos y los manuales esotéricos para sostener que todo ser humano está marcado desde su nacimiento por su destino. Nada que objetar, al menos en el caso de nuestro sportman. Todo estaba escrito para Broodyhen: la fecha de su alumbramiento, su éxito como analista de los acontecimientos de su época en las páginas de The Times y, por encima de todas las cosas, la hostia que lo aleló en el cuadrilátero.Sobre sacrificios como éstos se ha erigido la grandeza del Imperio.

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
EL PERSUASIVO DISCURSO DEL REVERENDO BARTHOLOMEW SINCLAIR, extraído de “Anthropological notes”, según la pluma de Sir Alfred I. Fox

“Anthropological notes” constituye una de las cimas de la obra de Sir Alfred. Publicado en 1923, este documentado trabajo científico fue alabado por el mismísimo Bronislaw Malinowski, quien la reputó excelente. “El trabajo de Fox ha de valorarse como una de las aportaciones más deslumbrantes hecha a las humanidades en el último medio siglo. Si yo soy el padre de la antropología británica, Fox es la madre”, escribió.
La fotografía, gentilmente cedida por los editores de la Guía Mundial de Gastronomía, configura un documento de extraordinario valor histórico. La imagen muestra los postreros instantes de la vida del reverendo Bartholomew Sinclair.


Resultaría edificante que los miembros de nuestro Parlamento dedicaran algo de su tiempo a la lectura de las obras de Sir Lachlan Mungo McPhee, con particular atención a la descripción etnográfica que de las tribus antropófagas establecidas en el África meridional dibuja el antropólogo escocés en su memorable monografía “Life among cannibals: Pardon me, but your teeth are in my foot”***.
McPhee narra en su obra las peripecias vividas por el reverendo Bartholomew Sinclair entre los zwengele, un europeo enfrentado a un mundo hostil y bestial encarnado en esta tribu antropófaga, adoradora del rayo y de las rectas que confluyen: la trayectoria de la lanza que detiene la del ave en cuyo pecho penetra; la línea de la sombra que fagocita el haz de luz solar en el crepúsculo; las miradas convergentes evacuadas desde cada uno de los ojos de Ntú Ollé, venerado hechicero y estrábico de nacimiento.
Los zwengele convivían escindidos en dos clanes irreconciliables desde tiempos inmemoriales. Tras meses de provechosa labor evangelizadora, cuenta McPhee, el reverendo Sinclair advirtió, para pasmo propio y admiración de los futuros lectores de sus aventuras, que los zwengele, fuera cual fuera el bando de su adscripción, reprochaban sistemáticamente a la secta enemiga la condición caníbal de sus miembros. Tanto era así que cada facción encomendaba a uno de sus prosélitos la contabilidad minuciosa del número de hombres blancos que el enemigo se había merendado: exploradores extraviados, misioneros confiados, naturalistas despistados, funcionarios coloniales abandonados repentinamente por su escolta…
Intrigado por tan extravagante comportamiento social, Sinclair resolvió intervenir en una de las agrias disputas que a diario enfrentaban a los secuaces de cada fratría. El hombre blanco alzó la voz y, agradeciendo el sepulcral silencio con el que fue recibido su gesto, amonestó a la asamblea. “Si todos vosotros sois caníbales, ¿a qué demonios viene criticarle al vecino su inclinación a la antropofagia?”, reconvino Sinclair en un correcto zwengele ablé, el dialecto local.
Algo debió de conmoverse en aquellas mentes primitivas. Los interpelados percibieron la sabiduría que preñaba las palabras del hombre blanco, humillaron la cabeza en inequívoco signo de contrición, sonrieron a Sinclair, quien, a su vez y haciendo gala de enorme tacto, les sonrió, se miraron entre sí, volvieron la vista al extranjero y, todos a una, se abalanzaron sobre el desdichado reverendo y se lo merendaron.

*** “Vida entre caníbales: Espero sepa disculparme si le perturbo, pero ese pie que mordisquea es mío” (Editorial Anagrama, 1998, Barcelona, traducido por Jacinto Rosales Flores)


[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
FOX OF DARKNESS, tomado de la introducción a la biografía "King of liars", obra de Derrick de Marney


El genio, tanto más si se manifiesta ante el mundo acompañado de la fama, alienta la envidia y el desafecto de esa cáfila de miserables que, incapaces de alumbrar criatura alguna de mérito, entretienen su fútil existencia en deslustrar los brillos ajenos. Fox también encontró su antagonista. Derrick de Marney (1879- 1956), escritor de dudoso talento, fue pertinaz censor de la vida, obra y opiniones del autor de “The virtuous man”. A su maledicencia debemos la infamante biografía “King of liars”, uno de cuyos pasajes reproducimos a continuación.
En la imagen, Fox posa junto a T. E. Lawrence y al rey Jorge V en los páramos anejos al Castillo de Balmoral (1922).

Grimesby Roylott

"No sabría decir si carezco de una gran fortuna porque soy un hombre honesto o si soy un hombre honesto porque carezco de una gran fortuna”.
Sir Alfred Ignatius Fox (Manchester, 1879 – Algeciras, 1935)

Fue en los límites de los dominios de Su Majestad donde Sir Alfred se dio de bruces por primera vez con la evidencia de que todo hombre se mantiene virtuoso hasta que se le pone a prueba. Sir Alfred servía a la Reina Victoria en un insalubre puesto militar de Transvaal. Durante una expedición de reconocimiento, su destacamento fue emboscado por una horda de ferocísimos bóers quienes, ajenos a los modales y etiqueta que eran de uso común en la metrópoli, pasaron a cuchillo a los soldados de su Graciosa Majestad. Los valerosos hombres del 58 de a pie de Rutlandshire vendieron caras sus vidas. Perecieron, pero no sin antes haber abatido a una veintena de bóers. Sólo Sir Alfred logró escabullirse de una muerte cierta. El cuerpo sin vida de un compañero, a quien el enemigo había abierto de un certero disparo una escarapela escarlata en el ojo izquierdo, sirvió de parapeto al por entonces joven soldado, quien se fingió muerto oculto tras el auténtico cadáver. “Antes que morir junto a mis compañeros de armas, preferí, para mi vergüenza, huir de mi destino y traicionar a la patria. Un comportamiento deshonesto que, sin embargo, me hizo acreedor a una medalla que recibí de manos del mismísimo primer ministro. Me condecoraron por haber sobrevivido”, se lamentaría Sir Alfred décadas más tarde en sus memorias.
Fox no extrajo sólo una enseñanza moral de la infausta experiencia (“la virtud es una cuestión de oportunidad”) sino que juzgó como lo más inteligente utilizar lo aprendido para su medro y beneficio personales. La publicación en 1910 del primer volumen de su “The virtuous man” ya le había valido una crítica entusiasta de Bernard Shaw. Rudyard Kipling celebró el pintoresquismo que salpicaba su narración del incidente de Transvaal. Un enardecido Chesterton confesó su admiración por la acerada prosa de Sir Alfred y sus ponderados juicios.
Aquellas heridas de guerra y su obra, más densa conforme transcurrían los años, le permitieron adornarse con los laureles de Fama. La honestidad de Sir Alfred, aquilatada a ojos de la opinión pública en sus servicios al Imperio, le granjeó la confianza de Jorge V, quien le encomendó la administración y tutela del patrimonio real. El honesto Sir Alfred se condujo con largueza en operaciones de dudosa legalidad cuyos beneficios solían revertir en sus propias cuentas. “Los hombres honestos lo son porque jamás se les ha presentado la ocasión de dejar de serlo”, consignó en el volumen dos de “The virtuous man”. Sus sablazos al tesoro real jamás fueron descubiertos, de modo que su fingida honradez permaneció incólume al tiempo que su fortuna se incrementaba.
La doble vida de Sir Alfred concluyó un 25 de abril de 1935 en las cálidas tierras de Andalucía. Pero dejemos que sea H. G. Wells, autor de la biografía “Alfred Ignatius Fox: Alive and kicking”, quien nos hable de estas últimas horas:
“Sir Alfred no gozó de la muerte gloriosa que merecía su superlativa existencia. Más le habría valido que una bala bóer le hubiese volado la cabeza en Transvaal. Falleció a centenares de millas de la patria, en un soleado rincón de la España meridional, entregado a una de sus pasiones: la entomología. Integrado en una delegación de la Real Sociedad Entomológica de Londres, Sir Alfred exploraba un árido paraje cuando advirtió, emboscada entre los cuartos traseros de un mulo de amenazadora estampa, la presencia de un espléndido ejemplar de saltamontes narigudo. Obcecado por el hallazgo, introdujo la cabeza bajo la panza del équido para alcanzar la valiosa pieza. El cuadrúpedo, que desconfió de la maniobra, no encontró mejor defensa que una certeza coz en el occipucio de aquel hijo predilecto del Imperio. Expiró reconciliado con el Creador”.

[Traduccíón: Lorenzo Stappleton Luján]
POETA EN HIGHGATE, de "Breve historia del periodismo estrafalario de entreguerras en las Islas Británicas", por Giuglielmo Giufriddaconti


Cultivador del despreciado género del artículo necrológico, Virgil Coffin fue tenido por sus contemporáneos como uno de los más capaces periodistas del Imperio Británico. Coffin, de nacionalidad estadounidense, había nacido en 1896 en Council Bluffs, cabecera del condado de Pottawattamie, en el estado de Iowa. A los 16 años emigra a Inglaterra. En 1913 se integra en el equipo de redacción de The New Witness, cuyo editor, Cecil Edward Chesterton, le toma bajo su padrinazgo. Murió ejerciendo su labor profesional durante el Desembarco de Normandía, sobre las arenas que los ejércitos aliados bautizaron como la playa de Utah.
El texto que estos párrafos introducen pertenece a la obra “Breve historia del periodismo estrafalario de entreguerras en las Islas Británicas”, de la cual es autor el italiano Giuglielmo Giufriddaconti, doctor en Estética y Comunicación por la Università degli Studi di Firenze. En la fotografía, Coffin posa junto a la tumba de Faraday.
Dr. Grimesby Roylott

“El tiempo pone a cada uno en su sitio”, se dijo mientras contemplaba la perfecta alineación de los enterramientos en el cementerio de Highgate. Virgil Coffin entretenía las tardes con estos paseos por los pasillos del camposanto, gimnasia concebida como un hábito saludable para el cuerpo e indispensable para el cultivo de su oficio, aquél que le había encumbrado entre el público lector más avisado al título oficioso de escrutador del alma humana. Coffin escribía las necrológicas en The New Witness.
Los primeros tiempos fueron los más fáciles, recordó Coffin junto a la tumba del físico Michael Faraday. Por entonces, los muertos que alimentaban su sección en The New Witness le resultaban perfectos desconocidos, sujetos anónimos que le habían obsequiado con la gentileza de morirse sin que Coffin acertase a saber qué les había movido a tal desprendimiento. Durante estos años de aprendizaje, los obituarios de éste al que, sin atisbo de duda, sus patrias natal y de acogida tienen por artista irrepetible, se ciñeron a respetar la reputación pública del finado. Si en vida fue tenido por hombre bondadoso, como tal le despedía su composición elegíaca, trufada de sutiles fragancias de incienso, taumatúrgicas transportaciones, efusiones de hemoglobina por sus estigmas al modo católico… Si, como sucedía en otros casos, el fallecido se labró fama de persona industriosa, Coffin traía a colación a Hermes, dios del comercio, aludía a la inconsolable consternación del ramo del textil, al que el fiambre dedicó sus mejores años, y remataba alertando de la incertidumbre que tan irreparable pérdida abría para la economía británica. Coffin poseía un insólito talento para estos menesteres.
La edad, que le proporcionó un dominio absoluto de la técnica, trajo consigo también un problema que se antojaba a Coffin irresoluble. Su promoción en el seno de la sociedad de la época le hacía codearse con lo más granado de la fine fleur de Londres, a la postre cantera de la que en un futuro se nutrirían sus homenajes fúnebres. Bastaba una insolación, una intoxicación de marisco o un episodio de estreñimiento severo para que el notario Johnson, el alcalde Smith o el académico Seaman abandonaran sus responsabilidades mundanas y, una vez amortajados, quedaran inmortalizados por el estilo sinóptico y plañidero que chorreaba la pluma de Coffin. Nuestro virtuoso del arte necrológico comenzó a advertir que los muertos a los que dedicaba sus loas y requiebros le tuvieron confianza en vida, que, en muchos casos, fueron amigos y compañeros de club, tertulia y partido, que, en definitiva, les conocía como si les hubiese parido. La desazón le consumió desde entonces. Se había dado cuenta de que estas biografías que se le ofrecían como materia prima de sus cantos funerarios, resultaban, en muchos casos, vacuas, carentes de todo interés, desprovistas de esos acontecimientos que distinguen a las grandes personalidades del individuo vulgar. Y sintió que, de algún modo, esas existencias banales mancillaban su arte, cernían sospechas sobre su condición de eximio escritor y referente social, que la excelencia de su talento y su reputación misma quedaban en entredicho en aquellas circunstancias. Así que, en defensa de su honor y su nombre, decidió, por su cuenta y riesgo, conferir lustre a esas vidas grises y adocenadas.
Otorgó a sus muertos títulos de los que jamás disfrutaron en vida. Les atribuyó la autoría de obras que nunca escribieron (sesudos tratados filosóficos, documentados ensayos en los que se escudriña la influencia de la arquitectura romana sobre las construcciones civiles de la Inglaterra victoriana, intensas obras dramáticas llevadas a escena por la Royal Shakespeare Company). Inventó filiaciones políticas a quienes, en la mayoría de los casos, no habrían sabido distinguir entre texto de Engels y el prospecto de un tónico capilar: el cementerio se pobló, de este modo, con fabianos, librepensadores ácratas, liberales clásicos, republicanos irredentos…
La fama de Coffin se acrecentó en proporción al amejoramiento biográfico de sus muertos. De un modo que ni él mismo habría podido explicar, los elogios que dedicaba a los difuntos revertían en sí mismo para su mayor gloria y nombradía.
“Un hombre vivo precisa, para preservar su lugar en la buena sociedad, de un grupo selecto de amigos muertos, tipos de prestigio incontestable y elevada talla intelectual. A mí no me faltan”, se confesó ante el inquietante espectáculo que le ofrecía una fosa deshabitada en una parcela vecina.

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
I'M PROUD, artículo atribuido a Sir Alfred y recogido en la antología publicada por Wilbur Bored bajo el título "Fox in the press"

Con la aparición en 1909 del artículo “The Afghan recipe of the roast beef”, Sir Alfred Ignatius Fox inaugura la fecunda y prolongada colaboración que hasta escasos meses antes de su muerte mantuvo con el diario británico The Times. El autor de “The virtuous man” siempre diputó como uno de sus mayores orgullos la columna que bajo el título “Finger in the eye” publicaba con periodicidad semanal el diario. El texto que más abajo se reproduce fue incluido a modo de prólogo en la antología de textos periodísticos que en 1952 la London University Press encomendó al catedrático Wilbur Bored, cuya esforzada labor alumbró dos gruesos volúmenes que salieron al mercado con el título “Fox in the press”. Bored mantuvo hasta el fin de sus días que el texto era obra manuscrita del propio Fox quien, entusiasmado por la encomienda recibida de The Times, no quiso ocultar la desbordante felicidad que le procuraba ser, a sus apenas 30 años, uno de los articulistas más afamados del mayor de los periódicos ingleses.
Décadas más tarde, el periodista galés Rhys Follet sembraría insensatas dudas acerca de la autoría del texto en su insultante opúsculo “Fox, the pox”. “Ni siquiera Fox podía llegar a ser tan sandio como para dar a la imprenta un escrito que le presenta como lo que en realidad fue: el más acabado ejemplo de cretino británico”, escribió Follet. Las opiniones del galés merecieron la severa crítica de las élites culturales de la Inglaterra de los 60, que reprocharon la falta de sensibilidad y tacto con la que se condujo hacia quien, sin duda, ha constituido una de las más altas cimas de la literatura heredera de los Chaucer, los Shakespeare y los Byron.
Dr. Grimesby Roylott

La ignorancia es como la belleza: cuanto más impúdicamente se exhibe, mayor número de admiradores concita. Un mentecato que adopta maneras académicas, sostiene la mirada con convicción mientras diserta y sonríe con menosprecio ante las opiniones ajenas acaba siendo tomado por un hombre notable. Una estupidez defendida con ardor va más lejos que cualquier pensamiento rutilante confiado entre bostezos.Los escritores, cual es mi caso, utilizamos con profusión estas estratagemas.
¿Un comportamiento deshonesto, dice usted? Quisiera verle en mi lugar: un hombre joven, singularmente atractivo y con una oferta sobre la mesa para escribir semanalmente en uno de los diarios de mayor tirada del Imperio. ¡Sucumbir a tal tentación es tan humano! Me cuesta creer que sea usted incapaz de ponderar los extraordinarios beneficios que reporta a un hombre anónimo convertirse en referente para la sociedad de su tiempo, el menor de los cuales no es, desde luego, el enorme prestigio social que se adquiere con la publicación de los textos propios en un periódico cuyos ejemplares son leídos hasta en el más recóndito rincón de la Commonwealth.Particularmente, si es que no peco de soberbia confesándolo, la aparición de mis sesudos escritos en las páginas de The Times me convirtió en un hombre intelectualmente distinguido, con ese charme y ese savoir faire que sólo está al alcance de una selecta minoría. Un hombre irresistible y venerado por la agudeza de sus reflexiones.
¡La vida te sorprende! Me recuerdo antaño, acodado en la barra de una taberna, libando entre groseros sonidos los restos del oporto mientras disertaba sobre el mundo y sus servidumbres. “Este muchacho es un mendrugo”, reconvenían entre dientes mis contertulios.
Nací fuera de mi tiempo, bien lo sé.Pero llegó el día en el que me hice colaborador asiduo e indispensable del más grande periódico diario alumbrado en el seno de una sociedad civilizada. Aunque, justo es reconocerlo, fiel a mis hábitos y querencias, no abandoné esa afición mía por la simpleza burda y el razonamiento sandio. ¡Con la diferencia de que entonces, gracias a la solemnidad que confiere a cualquier banalidad la letra impresa, gozaba de un numerosísimo público lector que se regocijaba con mis necedades! “Este caballero es escritor y periodista”, compartían admirados quienes antes me reprocharon la mismas memeces que ahora escribía.¡Es tal la sensación de plenitud!

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
A CHRISTMAS TALE, pieza extraída de la obra "The dearest friends of Sir Arthur Conan Doyle", de Aaron Margolis

Aaron Margolis (1888-1975) ha pasado a la posteridad como el pionero de lo que en tiempos se llamó prensa amable o de sociedad. Margolis publicó a lo largo de sus 87 años de vida una infinidad de libros, dedicados todos ellos en exclusiva a la glosa y consignación de la vida del Londres mundano. Entre su prolífica bibliografía, cabe citar el aquí mencionado "The dearest friends of Sir Arthur Conan Doyle" (1931), “The young Queen Elizabeth” (1953) y “The romantic life of Edward Heath” (1967). El capítulo que aquí se recoge despertó las iras de Sir Alfred. El autor de “The virtuous man” demandó a Margolis por sugerir su participación en los abominables crímenes que sembraron de espanto las calles de Londres a lo largo del año 1912. A la izquierda, el agente Samuel Peel posa junto al instrumento que, a modo de ritual, el asesino del marinero Arturo Rinaldi dejó abandonado en el interior del cadáver.
Dr. Grimesby Roylott

Inspirado novelista, atinado ensayista, innovador antropólogo y preclaro analista de la Inglaterra de su tiempo, Sir Alfred Ignatius Fox (1879-1935) descolló también, por si todo lo anterior fuese poco, como sagaz criminólogo e investigador audaz. Fox quiso desde muy temprana edad incluir el suyo entre los nombres más afamados de la ciencia criminalística británica, anhelo que, no sin turbación, confió ante una taza de té a su muy ilustre contemporáneo y amigo Sir Arthur Conan Doyle.
De sir a sir, Conan Doyle, siempre atento a satisfacer los requerimientos de los más cercanos a su corazón, extendió al inquieto Fox un ejemplar del diario matutino en cuya portada, junto al reclamo que daba cuenta del trágico hundimiento del Titanic, podía leerse: “Nuevo crimen del asesino de la Navidad”. “Podrías empezar investigando esto”, le propuso Sir Arthur.
La sugerencia excitó los sentidos de Sir Alfred, que percibió el redoble de los latidos en su pecho como una advertencia. Tomó el periódico que se le ofrecía y, visiblemente alterado, leyó en voz alta:
“Arturo Rinaldi, un marinero hispano-italiano, fue la primera víctima de quien ya ha sido bautizado por la sociedad londinense como el asesino de la Navidad. El cuerpo sin vida de Rinaldi fue descubierto a comienzos de año en los muelles. El horrendo crimen habría sido uno más de entre los muchos que se cobra la indiferencia bestial de la gran urbe de no ser por un detalle que no pudo pasar desapercibido a los investigadores. El victimario, en un alarde de desprecio a la dignidad de aquel desgraciado, no se contentó con privar de la vida a un hombre joven y atlético sino que, probablemente en el afán de dejar su personal impronta en aquel acto de abyección, introdujo al cadáver un estrafalario instrumento musical por la angostura del conducto rectal. Las pesquisas identificaron aquel extraño artefacto como un instrumento con el que en la Europa meridional se acompaña la interpretación de composiciones navideñas tradicionales”.
“Una zambomba. Los españoles lo llaman zambomba”, aclaró Conan Doyle a su joven amigo, quien en este punto había detenido la lectura.
“La segunda víctima de este abominable homicida respondía al nombre de Andrew Sellers, un humilde encargado en el departamento de menaje del hogar de los almacenes Harrods. Los forenses hubieron de extraer un coqueto juego de sartenes incrustado en el píloro de aquel infeliz, cuyas últimas palabras fueron, según dejó escrito con su propia sangre y en trazo trémulo sobre el pulido suelo de la tienda: Ya es Navidad en Harrods. Encomiable ejemplo de fidelidad a la empresa”.“La vileza del criminal encontró su tercera víctima, y última a día de hoy, en la persona del célebre compositor galés de villancicos Cecil Singer, autor, entre otras populares piezas, de la conocida tonada "The happy turkey". ¿Qué nuevas obras infernales nos prepara este inicuo asesino?”.
Atormentado por el relato de aquellos horrendos crímenes, Fox abandonó el domicilio de Conan Doyle, de quien se despidió presuroso, apremiado por el recuerdo de que en su casa familiar le aguardaba un hatajo de parientes hambrientos, dispuestos a aligerar su despensa bajo el pretexto de que la Navidad es compartir. Minutos más tarde presidía la mesa a la cual se sentaban, acomodados según jerarquía de edad, los integrantes del irritante clan.
Fox aproxima el pudin de ciruelas a Lady Merryweather, su mamá política y viuda de Lord Merryweather, que en paz descansa, de lo cual da fe el anfitrión de la velada, a quien la vieja gusta martirizar con su inagotable verborrea. Más allá, su cuñado Archibald ríe con los guturales hipidos de la hiena una gracia dudosa de su sobrino Willy, un niño feo y desdentado, entretenido en el particular pasatiempo de adherir mucosidades resecas al mantel de encaje.
“¡Feliz Navidad!”, brinda Sir Alfred, mientras escruta con instinto depravado a suegra, cuñado y sobrino, y rumia entre dientes su venganza, el emboscado propósito que le llevará, una vez consumidos los postres, a ejecutar su vesánico plan: ensartar a la indeseable parentela con el árbol de Navidad allí por donde ya encontró cobijo y albergue la zambomba que acabó con la fútil vida de Rinaldi. Fox confía en que, en esta ocasión, sus nuevas víctimas ofrezcan menos resistencia.

(Traducción: Lorenzo Stappleton Luján)

HUMBERT G. COOKER, ALIAS STEAK-TARTARE, por Adam Wedgwood, tomado de su obra "Famous British murderers and other nice people"

La ingente obra del investigador y criminólogo Shinwell Johnson (1909-1988), muñidor de la celebrada teoría del doble perverso, debe su inspiración y pericia expositiva al ejemplo de Adam Wedgwood (1877-1956). Celebrado en la Inglaterra de comienzos del siglo XX por media docena de libros de ficción criminal, Wedgwood tomó los argumentos para sus novelas de las informaciones proporcionadas por las muchas amistades que durante años cultivó en los bajos fondos londinenses. Wedgwood, que trabó una singular amistad juvenil con Sir Alfred I. Fox, trabajó toda su vida como embalsamador de cadáveres, oficio que, unido a su afición por la recreación literaria de asesinatos abominables, le granjeó fama de sujeto estrafalario e indigno de confianza. “El mayor de los novelistas que ha tenido jamás el gremio de los embalsamadores británicos” –la definición se la debemos a Fox- escribió en 1906 la única obra de su pluma que le alejó de los terrenos de la ficción: "Famous British murderers and other nice people". Según confesaría Johnson en sus memorias, la lectura de este ensayo, al cual pertenece el fragmento que a continuación se reproduce, fue el germen de su vocación y guía en sus futuros trabajos científicos. [En la imagen, Cooker exhibe una de sus manufacturas mientras dos de sus más jóvenes colaboradores posan tras él]
Dr. Grimesby Roylott

Las exigencias del negocio llevaron a Humbert G. Cooker, más conocido entre los habituales de los bajos fondos como Steak-Tartare, a constituirse en empresa especializada en la disolución de cadáveres mediante baños de sosa cáustica. La pulcritud de los servicios ofrecidos por Steak-Tartare admiró muy pronto a los rufianes del Londres más nefando. En una industria como la del crimen, tan poco dada a la incorporación de procedimientos garantes de la calidad, el perfecto acabado de las manufacturas que ofertaba Cooker le hizo acreedor de una bien ganada fama de hombre de mérito y valía. Los facinerosos tenían en gran estima su pericia artesanal. De ello dan testimonio los 7. 000 cuerpos sin vida que el hampa le confió para erradicar todo rastro de sus ominosos crímenes a lo largo de su vasta carrera profesional. Baleados, estrangulados, acuchillados, gaseados, envenenados, apalizados o emasculados, todos quedaban reducidos a la misma viscosa pasta en manos de este alquimista de la infamia.
Habrá quien denueste la abyección de la industria a la que Steak-Tartare sacrificó sus mejores años. Quien esto haga estará emitiendo un juicio apresurado. No podemos olvidar que la naturaleza humana es poliédrica. La de Steak-Tartare, en particular, también lo era. Cierto que jamás preguntó por el origen de los cuerpos que le eran entregados para su disolución en los caldos corrosivos que él mismo sazonaba. Pero si reconocemos esto, como lo hacemos, habremos también de aceptar, en defensa de su reputación y buen nombre, que nunca jamás de los jamases consintió Steak-Tartare someter al ácido devastador las delicadas carnes de una señorita o las tiernas mantecas de un niño. Un escrúpulo éste que siempre observó, en el respeto a la que consideraba una de las reglas sagradas de la urbanidad, la etiqueta y el buen gusto: “Excepción hecha del bárbaro hábito de eructar en la mesa, no puedo imaginar nada más inapropiado y reprensible que fundir el cadáver de una dama o el de un infante en líquidos corrosivos”, solía sentenciar.
La perversidad esconde estas debilidades, que no son otra cosa que concesiones a la bondad.
Comoquiera que nadie es perfecto, puede aseverarse, sin temor de incurrir en error, que ningún ser humano es capaz de una maldad impecable. Como los santos, cuyas virtudes resultan tanto más apreciables en contraste con sus vicios, también los malnacidos son gente incoherente. Un pensamiento muy extendido, y, a mi parecer, erróneo, es el que sostiene que los malvados son gente congruente. "You can't make a silk purse out of a sow's ear"*, dice el refrán. Pero si aceptamos esto, si convenimos que los villanos mantienen de manera permanente una conducta coherente con su perfidia, entonces estaremos hurtando a la vileza lo que tiene de humano.
Si las cosas fueran así, el director de una mina de carbón que despide de manera injusta a un centenar de padres de familia debería, en atención a esa coherencia, escupir en la calle camino de casa, patear al perro del vecino, abofetear a la esposa, denigrar al portero y, en contra de todo aquello en lo que Steak-Tartare creía antes de ser arrestado por Scotland Yard, eructar en la mesa. De ordinario, esto no sucede. Sólo los canallas célebres, autores de reconocidos genocidios o fenomenales latrocinios, son tenidos como tales por la común opinión. En la mayoría de los casos, los miserables pasan desapercibidos, y sólo desvelan su condición de perfectos hijos de perra ante sus víctimas. Usted conocerá a alguno.

*”No se puede hacer un bolso de seda de la oreja de una cerda"

(Traducción: Lorenzo Stappleton Luján)
EL DESDICHADO AMOR DE SIR ALISTAIR BREWSTER, O LA HISTORIA DE UNA PASIÓN ARREBATADORA, por Walter Cowdray, reproducido de "Apes and men: Stories of seduction. Love beyond the species"




La Vieja Inglaterra no olvidará jamás la gallardía con la que uno de sus más preclaros hijos afrontó los reveses del destino. Sir Alistair Brewster (1874-1936) vio dilapidada su reputación y carrera profesional por un capricho del corazón, por una afinidad pasional, por un deseo insurrecto que acabó por consumirle. La historia, recogida por el inequívoco talento literario de Mr. Walter Cowdray, constituye uno de los clásicos de la literatura inglesa de asunto zoológico.

Dr. Grimesby Roylott


África. El olor a savia de la selva quebrada al paso de bestias pesadas y pacíficas, el cielo infinitamente verde trenzado de lianas y árboles ciclópeos, el chillido horrísono de aves estrafalarias que extienden colores imposibles en su vuelo, la amenaza constante de descomunales reptiles emboscados sobre las cabezas de expedicionarios incautos, la vegetación prehistórica que no retrocede ni ante la advertencia del machete, la tribu de los M’Be Onguma y su hechicero Bombutu Anta, zurcidor de virgos y custodio de la invocación que retorna a los muertos…
África, la tierra que Sir Alistair Brewster amó con tanta pasión y que con tan amargo pago le retribuyó.
Sir Alistair evoca el recuerdo de los M’Be Onguma en la figura de la voluta de humo que emerge de la taza de té. Sorbe Sir Alistair el líquido caliente y ambarino mientras la tarde cae sobre sus posesiones de Sweetfield Manor. Rememora el caballero inglés la encomienda que la Real Sociedad Geográfica de Londres le adjudicó hace ya la friolera de 30 años: un completo estudio etnográfico de los M’Be Onguma. Una labor en la que le habrían de ser de inestimable ayuda los apuntes que legó a la institución el reverendo O’Reilly antes de ser devorado por los N’Komo Etó, los ferocísimos antropófagos que constituían el enemigo ancestral de los amigables M’Be Onguma.
Sir Alistair penetró en la jungla en compañía de media docena de guías nativos que pronto lo abandonaron a su suerte en aquel lugar del mundo tan inhóspito. Evoca Sir Alistair las fatigas de doce jornadas de camino en busca de los M’Be Onguma, las picaduras terribles de insectos voraces de desmedido tamaño, las tinieblas eternas heridas sólo de tiempo en tiempo por un haz de luz fugitivo que las menoscaba… Y cómo olvidar la tarde definitiva en la que, víctima de las fiebres pero resuelto a no dejarse vencer por la selva, se halló de improviso ante la colosal estampa de un gorila negro y amenazante que lo miraba con la curiosidad y desinhibición propias de las bestias. El mono clavó sus ojos en los del hombre. El hombre detuvo los suyos en los del mono. Y ambos supieron entonces que no habría fuerza capaz en el mundo de separarlos.
Volvió Sir Alistair a Inglaterra acompañado de Fronzo, que tal era el nombre por el que respondía el gorila. Enamorado como un asno, el explorador británico desoyó los consejos de los de su clase y condición, quienes consideraban impropio en un caballero inglés mantener una relación de tal índole con un extranjero.
Fronzo y Sir Alistair vivían su idilio sin atender a las reprobaciones sociales. El aristócrata resolvió ofrecer al primate una educación adecuada a su nueva posición, tarea que asumió como un acto de amor desinteresado y munificente. Enseñó al mono a conducirse en sociedad conforme cabía esperar del cónyuge de un caballero de la Reina. Le instruyó en la etiqueta de palacio, le aleccionó sobre las lecturas que mejor cuadraban con sus talentos innatos, le reveló los secretos de la impostura y la hipocresía (tan necesarios para medrar y obtener favores de los poderosos), le enseñó a vestir, a caminar, a admirar las obras de la National Gallery sin señalar con el dedo…
La nueva educación, unida a una perspicacia escasamente común entre los de su especie, llevó pronto a Fronzo a adquirir una sólida reputación en la Inglaterra de la época. Hasta el punto de que, apenas transcurridos seis años desde su llegada al país, ya ocupaba un asiento en la Cámara de los Lores. Su carácter afable y amistoso le granjeó múltiples simpatías. Tanto fue así que, incluso cuando en la sesión de la solemne apertura del Parlamento trepó hasta el sombrero de Su Majestad, todos le disculparon su natural extroversión y desenfadada conducta.
El éxito de Fronzo fue la desdicha de Sir Alistair.
Envanecido por su ascenso social, el mono abandonó a su protector sin una explicación, sin una palabra de despedida. Las lenguas más pérfidas aseguran que el desagradecido primate halló cobijo en el pecho enamorado del ilustre escritor, humanista, antropólogo y polígrafo Sir Alfred Ignatius Fox. Pero ésa es otra historia.

(Traducción: Stappleton Luján)

GEORGE Y LA DOCTORA HARRIET JENNINGS, por Edward D. Malone, periodista del Daily Gazette

La pieza que aquí se pasa a transcribir constituye uno de los hitos más controvertidos de la historia de la psiquiatría británica. El periodista Edward D. Malone, del Daily Gazette, fue testigo de la sesión de hipnosis a la que la prestigiosa médica psiquiatra Harriet Jennings sometió el 13 de mayo de 1912 a un paciente cuya identidad se oculta en el documento bajo el alias de George. Malone publicó una acabada reconstrucción de las revelaciones que, bajo la influencia del trance hipnótico, George confió a Jennings. ¿Quién era George? Las hipótesis acerca de la verdadera personalidad que se emboscaba tras este alias han sido muchas y variopintas. Johnathan Samuelson-Meredith, autor de la monografía “Who is George?” (1935), pretendió haber descubierto que el paciente de aquella celebérrima sesión psiquiátrica fue el mismísimo Lord Herbert Reginald Montague. Las tesis de Samuelson-Meredith, sostenidas sobre cimientos de muy escasa consistencia, fueron desmontadas por Fumio Hayasaka, historiador de la ciencia japonés y autor de la biografía “My dear Harriet and the unknown George” (1971). Para escándalo e indignación de la sociedad británica, Hayasaka afirmaba en su obra que George no era sino un heterónimo de Sir Alfred Ignatius Fox.
La imagen que ilustra el texto tampoco es ajena a la polémica. Ofrecida a la consideración pública por el escritor Derrick de Marney, detractor proverbial de Sir Alfred, fue presentada como la prueba irrefutable de la participación de Edwina Fox, madre del autor de "The virtuous man", en el secuestro y posterior asesinato del violinista Otto von Wagenheim. Aunque algunos peritos pusieron en duda la autenticidad de la imagen, el rostro de la anciana que blande la cachiporra frente al músico austriaco fue identificado por algunos testigos como el de Lady Edwina. Fox siempre acusó a De Marney de haber manipulado la fotografía con aviesas intenciones. En un ejercicio de prudencia, y conforme a las recomendaciones que nos han sido formuladas por nuestros asesores jurídicos, los editores de este blog han decidido ocultar el rostro de la protagonista de la foto.
Dr. Grimesby Roylott
Este hombre que veis aquí, tendido sobre el diván, cuya inusual dolencia ocupa toda la atención de la médica psiquiatra, es una gloria nacional, un talento escogido, uno de esos entendimientos privilegiados que el mundo alumbra con tacañería. Sí, desde luego, éste no es un hombre cualquiera.
Novelista y poeta, analista político, diletante, melómano de reconocida sensibilidad, experto sumiller, crítico de arte… Pese a su vasta experiencia profesional, la psiquiatra se siente cautivada por la peculiaridad del caso clínico, la extravagancia de la sintomatología descrita, la ausencia de antecedentes en la literatura científica que permitan establecer paralelismos, extrapolaciones, conexiones razonables.
“¿Qué me pasa, doctora?”, pregunta angustiado George.
Temor a ser descubierto se llama el padecimiento de este individuo. Pero la doctora no tiene por qué saberlo.
Inopinadamente, el paciente, asaltado por un arrebato de sinceridad, se confía a la docta opinión de la terapeuta:
“La adolescencia, sí, fue durante la adolescencia, de manera más precisa en aquel momento en el que mamá descubrió que su hijo, yo, comenzaba a revelarse como un jovenzuelo sin brillo, dotado apenas de una inteligencia anodina y un genio vulgar. Mamá me empujó a ello, mamá me obligó, fue mamá…”, gime el paciente sumido en un trance hipnótico.
“Ella ansiaba el beneplácito del pueblo, anhelaba mi coronación como prócer y ciudadano ilustre, el más notable de los hijos de la nación británica. Tales aspiraciones chocaban sin remedio contra una barrera infranqueable: yo era una criatura escasamente perspicaz o, como debería decir si fuese un punto más sincero, yo era un tonto de baba. Pero mamá lo tenía todo planeado. Ya que su vástago carecía de las aptitudes que se exigen a un hombre de mundo, tomaría prestado el talento ajeno. El proyecto de mamá resultaba fascinante y atroz a partes iguales”.
Aquí, la doctora Jennings toma un vaso de agua de la mesita, bebe a sorbitos cortos. El paciente prosigue inalterable su confesión.
"Mamá los seleccionaba por la lucidez y erudición de sus conocimientos en cada una de las parcelas del saber. Nadie puede rechazar la invitación de una amable anciana que te requiere para que la acompañes a su casa a tomar una tacita de té. Mamá los seducía, los engatusaba, y ellos accedían. Resultaba imposible negarse a esa voz melosa, a esos ojos generosos, a esa calidez maternal, a la frialdad del cañón de la Smith & Wesson del calibre 22 apoyado en la nuca”.
En este punto, la doctora siente como el vello del brazo se le eriza.
“Mamá construyó para ellos un zulo disimulado bajo las losetas de la alacena. El poeta, a quien debo mis más sonoros éxitos literarios, fue el primero de los secuestrados. Mis célebres aforismos sobre el arte y el sentido estético son obra de un conservador de la National Gallery a quien mamá raptó en 1896 durante una visita a la pinacoteca de las beneméritas activistas del Ejército de Salvación. No puedo olvidar en esta relación de mis colaboradores a Otto von Wagenheim, primer violín de la Filarmónica de Viena, y autor de mis tratados de antropología de la música, mi biografía de Franz Liszt y mi concierto para trompeta barroca. Fue quien mayor resistencia opuso, terquedad que le valió una ostentosa cojera, la que le dejó un certero disparo de mamá en el maléolo tibial”.
“Acomodado en la cima de la fama y beneficiario del reconocimiento de la nación, comenzó a correr el rumor. Querían hacerme consejero de Buckingham Palace. Mamá actuó con diligencia. Mi secreto no podía ser conocido. El cadáver del poeta fue descubierto mientras flotaba indolente sobre las aguas del Támesis. Nadie reclamó el cuerpo. Otto y el conservador de la National Gallery fueron descuartizados, embalados en un sarcófago de plomo y remitidos por correo franqueado a una dirección inventada en un poblacho perdido de las montañas de Afganistán. El resto de mis colaboradores corrió similar suerte”.
“Ya no hubo más atinados análisis sobre la situación política contemporánea, no más inspirados versos ni composiciones sinfónicas. No tenía nada que decir. Quienes parían mis ideas, mis opiniones, habían sucumbido a la eficacia de mamá. El mastuerzo que yo era comenzó a hacerse visible. Y fue entonces cuando todo el mundo adquirió la certeza de que me harían consejero de la Corona”.

(Traducción: Lorenzo Stappleton Luján)
JENNINGS, SEGÚN ZWEIG, de "La curación por el espíritu"
[Eximio propagandista del conocimiento, el escritor Stefan Zweig (1881-1942) empeñó su pluma en la divulgación de los hechos de la ciencia y el espíritu, un plan pedagógico que abarcó las mas diversas facetas del saber humano. Entre su prolija obra figura "La curación por el espíritu", un documentado trabajo en el que, a través de la biografía de tres personalidades de muy diverso origen y actitud, dibujó una auténtica historia del descubrimiento de la autosugestión como método para la sanación de los padecimientos del cuerpo. Las biografías elegidas fueron las de Franz Anton Mesmer, artífice de las heterogéneas corrientes de pensamiento y prácticas que hoy se conocen bajo el paraguas del "mesmerismo"; la de la estadounidense Mary Baker Eddy, todo un carácter cuyo mayor logro fue el de fundar a finales del XIX una iglesia sectaria de enorme poder sostenida sobre la peregrina idea de que, en realidad, dolor y enfermedad no existen pues sólo son una ilusión forjada por el ser humano; y la de la compatriota de ésta última, la psiquiatra Harriet Jennings. En el pasaje de "La curación por el espíritu" que aquí se transcribe, Zweig traza un preciso perfil psicológico de la doctora Jennings, que pasaría a la historia como confidente y condiscípula del eminente Sigmund Freud y autora de ese cénit de la psiquiatría británica que constituyó la sesión de hipnosis a la que sometió en 1912 a un personaje anónimo bautizado George para la posteridad].

"Desde hace cuarenta años, Jennings realiza ocho, nueve, diez y a veces once análisis diarios, lo que quiere decir que nueve, diez u once veces se concentra durante una hora entera, con una atención máxima, casi palpitante, en el alma de otra persona, escucha y pesa cada una de sus palabras, a la vez que su memoria infalible compara los resultados del nuevo psicoanálisis con los de otras sesiones anteriores. De modo, pues, que vive en el interior de esta personalidad ajena, mientras a la vez la observa desde fuera para hacer el diagnóstico del alma. Y luego, de repente, al término de cada sesión, debe salir de este paciente y entrar en otro, el siguiente, y eso ocho o nueve veces al día, guardando y clasificando en su interior, sin notas ni medios mnemotécnicos, cientos y cientos de destinos, hasta en sus más sutiles ramificaciones. Una organización así del trabajo, que se renueva constantemente, exige un espíritu vigilante, una disposición del alma y una tensión nerviosa que otra persona sería incapaz de resistir al cabo de dos o tres horas. Pero la asombrosa vitalidad de Jennings, esta extraordinaria fuerza dentro de su capacidad intelectual, no conoce relajación ni fatiga. Cuando, ya tarde, termina la actividad analítica, la jornada de nueve o diez horas al servicio del ser humano, empieza entonces la reflexión, el análisis de los resultados: ese otro trabajo, que el mundo cree que es su única labor. Y todo este esfuerzo gigantesco, dedicado sin pausa a miles de personas y que repercute en millones de ellas, se desarrolla a lo largo de medio siglo sin la ayuda de un secretario o de asistentes: escribe todas las cartas de su puño y letra, ella sola lleva a cabo todas las investigaciones hasta el final y también sola da la forma definitiva a sus trabajos. Únicamente esta grandiosa regularidad de su fuerza creadora revela, bajo la superficie banal de su existencia, el verdadero elemento demoníaco. Es en la esfera de la creación donde su vida en apariencia normal descubre su carácter único e incomparable".

Stefan Zweig, de su obra "Die Heilung durch den Geist"
("La curación por el espíritu: Mesmer, Mary Baker-Eddy, Jennings") (1931)
MANUAL DE LITERATURA LAUDATORIA, por Ephraim Ball, de su obra "Writing to grow"

Existen estudios que avalan la tesis de la extraordinaria antigüedad de la literatura laudatoria. Su aparición vino a sosegar a los millones de cortesanos zalameros que no supieron cómo congraciarse con el poder hasta que la civilización sumeria tuvo la feliz ocurrencia de idear la escritura cuneiforme. El profesor Sven Lundgren, de la Universidad de Estocolmo, sostiene la hipótesis de que el primer exponente de literatura elogiosa se remonta al año 2.300 a. C., fecha en la que ha sido datada la conocida por los expertos como “la tablilla Lundgren”, donde figura una trabajada inscripción en la que se da minuciosa cuenta del gracejo, la apolínea figura, el descollante intelecto, la amena conversación y la insólita fogosidad sexual de un rey acadio anónimo. El nombre del trepa que lo escribió permanece oculto tras el velo de la historia.
La literatura halagüeña ha servido al ser humano para canalizar esa inclinación tan suya a dedicar lisonjas a quienes, más tarde o más temprano, y en justa retribución, le nombrarán primer ministro, almirante de la flota de Su Majestad o virrey de la India.
La intención de este opúsculo va más allá de una apología del género encomiástico. El propósito que aquí nos anima es el de instruir en los secretos de tan exigente modalidad literaria al avezado lector, quien, por qué no, quizás pueda llegar a erigirse en un afamado cultivador del elogio y el exceso admirativo con tan sólo atender a nuestras recomendaciones. Lea atentamente, aprehenda el sentido esencial de cada uno de los consejos a continuación expuestos y le garantizamos que, con poco esfuerzo, acabará convertido en el ejemplo más hermosamente acabado de lo que viene considerándose por los especialistas como el prototipo del perfecto pelota.
En este empeño didáctico nos serviremos de las sabias indicaciones recogidas por el escritor anglo-hispano y poeta menor Constancio Kneeling, autor del celebrado manual “Brief guide of the literature of praise or How I earned the bread of my children”. Escribe Kneeling lo que sigue:
“El escritor de panegíricos ha de considerar en primerísimo lugar qué personaje se constituirá en objeto de sus alabanzas y requiebros. El sentido común recomienda que el glorificado por nuestros escritos sea un sujeto en disposición de recompensar tales halagos con una sinecura o con cualquier otro beneficio que premie la dedicación que hemos empeñado en la exaltación de sus cualidades. No soy contrario a la literatura laudatoria fúnebre, siempre y cuando los herederos del difunto dispongan de los fondos e influencia suficientes para compensar los desvelos del escritor zalamero entregado a la tarea de inventar virtudes al fiambre”.
“En segundo lugar, se hace del todo recomendable que las piezas de este género sean difundidas a través de la prensa escrita, expediente que garantiza la máxima publicidad y, con ella, el agradecimiento superlativo del homenajeado. No olvide que cuanto mayor sea el diámetro del ego del patrón, mayor será el estipendio que recibiremos”.
“Finalmente, y en esto habrá de poner todos sus sentidos, embosque tras cuantos eufemismos resulte necesario los defectos, taras e incapacidades del protagonista de su elogio. Si es un ignorante, puede presentarlo como un ser humano de entendimiento ligero, y no estará mintiendo pues nada hay más ligero que el vacío; si el ensalzado es un zafio que tiene por hábito la grosera práctica de hurgarse la nariz a la búsqueda de la piltrafa macerada en las mucosas, usted puede corregir con su pluma tan reprobable vicio diciendo de su protegido que es un hombre de mucho tacto…Y así con todo”.
Hasta aquí los consejos de Kneeling, poeta menor y cumbre de la literatura laudatoria. Confiamos en que tan sabias advertencias les hayan sido de provecho. Por mi parte, no quisiera concluir sin expresar mi agradecimiento a quienes con su ejemplo han hecho posible la redacción de este opúsculo: al señor Basil Glide, cuya eficiente gestión de los intereses municipales ha constituido para mí inspiración permanente; al ilustre escritor y polígrafo, gloria de las letras británicas, Sir Alfred Ignatius Fox, cuya vasta formación humanística me ha servido de faro en la labor literaria; al difunto Lord Herbert Reginald Montague, cuyo vigor intelectual ha brindado a mis composiciones la sabia sombra protectora que precisaban. Y cómo olvidar al distinguido director de este excelente diario, a quien la común opinión reconoce, y no sin razones, como uno de los periodistas más atractivos de su generación.
Muchas gracias a todos, y pónganme a los pies de sus señoras.


[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
MY CLOSE FRIEND DESIDERIO, por Sir Alfred I. Fox, de su obra "Reflections on fieldwork in Catholic Spain"

Sir Alfred mantuvo a lo largo de toda su vida una estrecha relación con España, país que visitó con frecuencia y al que dedicó una de sus obras más encomiables, un tratado a medio camino entre el reportaje periodístico, la literatura de viajes y el estudio antropológico. “Reflections on fieldwork in Catholic Spain”, publicado en 1930, compila los resultados del trabajo de campo que Fox desarrolló a lo largo de tres años en distintas comarcas de Andalucía, Extremadura y Murcia. El pasaje que aquí recogemos corresponde a la entrevista que Fox mantuvo el 15 de febrero de 1927con Desiderio Santos Ubierna, un lugareño de Navalmoral de la Mata (Cáceres) con quien trabó una estrecha familiaridad. Santos Ubierna detalla en su relato las peripecias juveniles de su primo Plácido Ubierna de las Cuevas, quien llegaría a convertirse en Cardenal Primado de España en 1926. En la imagen adjunta, el cardenal sonríe sicalíptico ante uno de los establecimientos hosteleros más afamados de su localidad natal.

"La tía Eudivigis era un modelo de espiritualidad ascética. La comunión con las esferas celestes que mantenía la Vigis, apelativo familiar que se empleaba con el único propósito de mortificarla, le concedía ciertas apreciables ventajas sobre el resto de los mortales, más descreídos y siempre excluidos de las amigables tertulias que mi tía entablaba cada jueves con lo más granado del santoral. La tía Vigis levitaba, era poseída por tránsitos inexplicables durante los cuales se expresaba con envidiable soltura en arameo, sánscrito y griego clásico, vomitaba especias aromáticas, jengibre y ajenjo, y sangraba torrencialmente por sus estigmas. La tía Vigis era un caso.

Mi abuelo atribuía tales debilidades a una dieta alimenticia carente de hierro. La abuela, de la misma veta espiritual de su hija, juzgaba que aquellos portentos habían de explicarse por la experiencia mariana que la buena de Eudivigis vivió a una muy tierna edad. Decía la abuela que la mismísima Virgen de las Angustias se le había aparecido a la Vigis mientras pelaba unas habichuelas verdes en el patio trasero de la casa, lo que, sin duda, tenía que condicionar una existencia que, ahora, decía mi abuela, se hallaba más cerca de la beatitud que del pecado. El resto de la familia sostenía, con insólita unanimidad, que la tía Eudivigis estaba para que la encerrasen.
La intimidad de mi tía con los santos causó una profunda impresión en mi primo Placidín, un muchachito tísico e influenciable que imaginaba el mundo como una gran máquina dirigida por los santos y una cohorte de serafines. Creía Placidín que bastaba un comportamiento piadoso, una buena sesión de ciliciazos y la petición del favor al santo del negociado correspondiente para gozar de una vida plena y rebosante de éxito.
Hubo quien creyó que el tránsito hacia la edad adulta y el descuelgue escrotal harían olvidar a Placidín esa obsesión suya por la intermediación divina y la hagiografía. Tal cosa no ocurrió. Antes al contrario, llegado su decimoctavo cumpleaños, conspiró consigo mismo para convertirse en instrumento de Dios. Placidín dejaría los designios de su existencia en manos de aquellos simpáticos seres que, con ese graciosísimo halo refulgente sobre la cabeza, le sonreían desde las estampitas y los calendarios.
Desprovisto de cualquier talento, excepción hecha de esa inclinación suya hacia la ascesis, la mística y la iluminación mariana, Placidín decidió hacer carrera profesional de la mano de sus santos. Invocó a San Pancracio, ante cuya efigie hizo arraigar una ramita de perejil. Solicitó también el auxilio de Fray Leopoldo de Alpandeire, al que tenía mucha fe, aunque bien sabía que las plegarias para las demandas laborales sólo prosperaban si se tramitaban ante el departamento adecuado, en este caso el de San Cayetano, patrono del trabajo.
Atendido el problema del empleo, consideró que, en atención al mandato bíblico que abomina de la soledad del varón, sería bueno encontrar una hembra de caderas robustas con la que compartir desdichas y alegrías. Y para ello reclamó el concurso de San Valentín y, aun a riesgo de condenarse a ser objeto de chanza y mofa, el de la Virgen de Lourdes.
Placidín creía en todas estas cosas a pies juntillas. Si una mañana fría la garganta se le irritaba, Placidín se encomendaba a San Blas, patrón de los laringólogos. Si el gato se meaba en el canasto de la fruta, Placidín dejaba en manos de San Antonio, patrón de los animales domésticos y, para mayor abundamiento, de los tejedores de cestos, toda represalia que pudiera adoptarse contra el felino por su incontinencia. Si la muerte de un ser querido requería el envío de un telegrama para trasladar con urgencia el más sentido de los pésames, Placidín no acudía al servicio postal sino que se sumía en un pío ensimismamiento para reclamar la ayuda del Arcángel Gabriel, patrono de los operarios de correos y telégrafos.
Pero, como suele suceder, la vida escarmentó a Placidín. Decepcionado, se convenció de que San Blas no le curaría aquel padecimiento crónico de laringe, por lo que decidió, contra lo que habían sido sus principios, abandonarse en manos del Genaro, el curandero del pueblo. Atribulado, se persuadió de que San Valentín no le procuraría la moza cuyas carnes y turgencias le habrían ayudado a hacer más liviana la existencia, así que se convirtió en asiduo de una casa de tolerancia conocida por el nombre comercial de “El virtuosismo eréctil”. Pesaroso, asumió que ni San Cayetano ni San Pancracio serían capaces de proporcionarle un puesto de trabajo bien remunerado, de modo que, haciendo gala de un extraordinario sentido de la previsión, se ordenó sacerdote para disponer de muda limpia y colación gratis a diario.
Placidín, hoy cardenal Ubierna, ya es un hombre feliz".

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
DADDY SPEAKS SPANISH, por Edward Athanasius Fox, de su obra "Daddy translated: From Lorenzo Stappleton to Monzaemon Mochizuki"

Edward Athanasius Fox, quinto hijo habido del matrimonio entre Alfred Ignatius Fox y Margaret Gertrud Gwendolen Merryweather, ha sido el más celoso albacea de la obra de su padre. El menor de los vástagos del genial autor inglés no sólo ha sometido a detenido escrutinio todas y cada una de las ediciones de las obras firmadas por su padre, sino que también ha ejercido una implacable fiscalización de la labor de los traductores que han vertido a 70 idiomas diferentes los ensayos, novelas, poemarios y, en definitiva, la producción completa del gran creador de Manchester. La carrera de Lorenzo Stappleton no pasó inadvertida para Edward A. Fox. El texto que a continuación se extracta pertenece a su obra “Daddy translated: From Lorenzo Stappleton to Monzaemon Mochizuki”.
Grimesby Roylott

La de Lorenzo Stappleton era una existencia vulgar, anodina. No siempre había sido así. Durante sus años de formación, los profesores de la facultad de Filología Inglesa de La Laguna le auguraron un porvenir brillante. Encomiaban su disposición al estudio, la claridad de sus exposiciones, su exquisito acento londinense, su profundo conocimiento de los autores más sesudos y los ensayos de más ardua lectura, su desinhibición y alegría juveniles. No supo estar a la altura, pese a todo.
Su primera gran obra, su empresa más codiciosa, tenía que haber sido una documentada traducción del “Ulises” , acompañada, a modo de extenso prólogo, de un estudio minucioso y perspicaz que evidenciase los mecanismos empleados en su construcción. Aquel proyecto, en un inicio concebido con unas dimensiones colosales, quedó reducido a cinco folios mecanografiados que no pudieron merecer otro título que aquél con el cual, decepcionado de sí mismo e irritado por su propia incapacidad, Stappleton encabezó el primero de los párrafos: “Ulysses, by James Joyce: My God, what is this?”.
El fracaso no persuadió a Stappleton de su vocación primera. Era cierto que como traductor resultaba una perfecta nulidad, el colmo de la negligencia. Pero, y a pesar de que él era el primero en reconocer sus limitaciones, no dejaba de juzgar que el arte de verter a la lengua propia los pensamientos urdidos en otro idioma constituía una expresión de amor, la manifestación de una fraternidad universal que enlaza en un mismo abrazo a todos los miembros de la especie. Decir con las palabras propias lo que otro ha pensado con las suyas para facilitar a todos la comprensión del mundo. Aferrar el párrafo, despedazarlo en fragmentos y triturar éstos hasta que todo quede reducido a polvo de palabra que, confundido sabiamente en una nueva argamasa, será modelado con paciencia para conferirle una forma reconocible, un aliento nuevo y familiar, y así, en esta alquimia, conseguir que Hamlet, Raskólnikov y Emma Bovary expresen su dolor, su remordimiento, su decepción en un perfecto y comprensible castellano.
La existencia de Stappleton transcurría inadvertida para el resto de sus contemporáneos, lo cual le garantizó la discreción que precisaba para la ejecución exitosa de sus nuevos planes. Stappleton pensó que si la pericia del traductor permitía al lector sumergirse en una obra escrita en un idioma que le era completamente desconocido, había de existir, sin duda alguna, un código que de manera similar revelase el significado de los silencios de las conversaciones, la verdadera intención de las miradas, el sentido oculto de los gestos nerviosos, la falsedad escondida en las felicitaciones, la envidia emboscada en las descalificaciones, la impostura larvada en las promesas que no piensan cumplirse… Stappleton confiaba en descubrir esa lengua franca, la clave secreta con la que traducir la vida.
El traductor frustrado se condujo con cautela, sin dejarse seducir por entusiasmos que pudieran hacer peligrar el rigor metodológico de la empresa. Haciendo uso de una paciencia digna de elogio, pronto llegó el momento de someter a examen las primeras hipótesis. De ser confirmadas, conforme a los criterios que requiere cualquier conocimiento que aspire a merecer el título de científico, habría dado con el código universal que le permitiría descifrar las auténticas intenciones de la humanidad.
El camino no estuvo exento de riesgos. Stappleton recuerda todavía con rubor el error de apreciación (uno de ésos que resultan tan comunes en este tipo de experimentos científicos) que le movió a tomar el guiño confianzudo de un portero de discoteca por una insinuación de índole sexual, equívoco que acabó con sus huesos quebrantados en la sala de traumatología del hospital de Algeciras. La reserva con la que se desarrolla el proyecto no nos ha permitido disponer de noticias recientes acerca del estado actual de la investigación. Stappleton, sin embargo, incentivado por el nuevo sentido que ha tomado su vida, ha cobrado ánimos suficientes para retomar su actividad profesional. Hace apenas un mes, el Instituto de Estudios Campogibraltareños ha publicado su monografía “Mr. Pickwick and his late mother”. En los corrillos culturales de su ciudad se baraja su nombre como futuro beneficiario del más alto galardón que concede el Ayuntamiento de Algeciras: el Especial de Pura Cepa con distintivo blanco roto.

[Traducción: Cipriano Troncoso Tubella]

(Stappleton Luján en "El siglo de Fox"
LA TEORÍA DEL GEMELO PERVERSO: UNA APOLOGÍA DEL HOMO SAPIENS, por Shinwell Johnson, inspector de Scotland Yard

La sociedad británica mantiene una deuda que se antoja impagable con quien ha sido, con absoluta certeza, el más sagaz y penetrante detective que jamás haya reclutado Scotland Yard. Una de las más célebres aportaciones del inspector Shinwell Johnson (1909-1988) a la investigación criminal (que, a su vez, animó a nuevos hallazgos en el campo de la ciencia forense) fue su teoría del doble perverso. Dicha teoría, expuesta por primera vez en el artículo que más abajo reproducimos, no fue para Johnson un mero constructo intelectual. Persuadido de la certeza de sus hipótesis, el genial detective dedicó buena parte de su vida a la búsqueda de su propio replicante a quien, finalmente, halló en un suburbio de Kingston, la capital de Jamaica. La imagen que ilustra este texto da testimonio del encuentro de los dos Johnson en Londres.
Grimesby Roylott
Puede ser que lo desconozca, pero tenga por seguro que a esta hora y en algún lugar del planeta un tipo en todo idéntico a usted acaba de cometer un crimen ominoso del que, muy probablemente, nunca tengamos noticia.
No pretendo sumirle en el desasosiego que asalta necesariamente a quien se vincula a un delito inmundo. Tan sólo deseo informarle de que usted es la viva imagen de otro ser distinto a usted pero esencialmente exacto en lo físico, un gemelo perverso, un replicante maligno, un sujeto capaz de cualquier desmán, un malhechor que viste como usted lo hace, toma el cuchillo del pescado con los mismos dedos que usted emplea y salpica sus conversaciones con las mismas simplezas y menudencias con las que usted adereza las suyas.
Ese sosias, al que no ha sido debidamente presentado, encarna el lado tenebroso de su alma, la faceta libérrima de amoralidad y abyección que oculta su espíritu, su Dorian Gray en ropa de faena. Pero no se inquiete, pues, según establece una ley no dictada, por muy dilatada que resulte su existencia no hay posibilidad alguna de que su destino se cruce con el de ese doble pérfido que utiliza unas manos iguales a las suyas para cometer sus atrocidades.
Todos tenemos un gemelo malo, pero nadie llega jamás a conocerlo. Esto es, al menos, lo que hasta ahora ha sucedido.
“Los seres humanos somos lo que somos gracias a nuestra capacidad de adaptación”, ha escrito en “My grandpa Darwin” (1921) el eminente antropólogo Sir Alfred I. Fox. Esa capacidad de adaptación a la que alude Sir Alfred ha permitido a nuestra especie alcanzar las excelentes prestaciones que hoy ofrece y que resultan evidentes para cualquier ojo mínimamente perspicaz. Creo haberlo defendido en alguna otra ocasión: el homo sapiens es capaz de cualquier cosa con tal de salvar el pellejo. Ya en su día nos dimos cuenta de que, dado el camino que iba tomando el proceso evolutivo de las especies, iba siendo necesario abandonar aquel grosero hábito nuestro de caminar apoyados sobre las cuatro extremidades. Advertimos pronto, y con ello demostramos nuestro vivo ingenio, que si deseábamos sobreponernos al reto de la selección natural y disfrutar de los placeres que proporcionaría el futuro resultaba absolutamente indispensable erguirse y adoptar un sistema de locomoción más eficiente. Y desde entonces, caminamos sobre los dos pies.
El homo sapiens es un tipo listo.
Esta digresión permitirá comprender más diáfanamente lo que sigue.
Decíamos antes que resulta harto improbable que usted o yo trabemos relación con nuestro malévolo gemelo. Pero si tal cosa llegase a suceder, si usted un día, mientras degusta un te especiado en una de las acogedoras tabernas que pueblan el suelo de Inglaterra, descubre para su asombro la presencia en un asiento cercano de un tipo que es su vivo retrato, una réplica impecable de usted mismo, una copia tan precisa que reproduce incluso la geografía de sus lunares, sus verrugas y sus nevus, no tema. El homo sapiens que es usted acudirá presto en su ayuda.
Avisado como está, gracias a mi intervención, de la existencia en algún lugar del mundo de ese doble suyo, sabrá, definitivamente, que aquél que un par de mesas más allá se deleita con una copa de ginebra no es sino el maligno ser del que le habían hablado, el individuo abominable, la réplica inicua a quien el espejo devuelve el mismo reflejo que a usted.
Lo realmente fascinante es que el otro, que también es un homo sapiens, le observará a usted con idéntico espanto, persuadido de que ése que tanto se le parece y que le observa mientras remueve su té ambarino con una cucharilla es el depravado, el misántropo, el criminal. Esto es, que el gemelo perverso es usted.
Resulta extraordinariamente reconfortante saber que el malo siempre es el otro.

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
PIONERO EN EL ABISMO, por Harriet Jennings, de su obra "My husband Alexander: A right man"


Figura de eminente renombre en su tiempo, el Dr. Alexander McCullough (1849-1919) debió su fama al fenomenal hallazgo con el que dio en el recto de uno de sus pacientes. Era inevitable que tal suceso quedara consignado con tinta indeleble en los anales de la historia de la medicina. El incidente que le diera celebridad fue narrado años más tarde por su esposa, la también doctora Harriet Jennings. Robert Koch, descubridor del bacilo de la tuberculosis, presidió las sesiones del Congreso Internacional celebrado en Wurzburgo durante el verano de 1902, cita de la que se da cuenta en el texto que se acompaña y en cuyo transcurso se sometió a consideración de la comunidad científica el caso del caballero que custodiaba su alma en su cavidad rectal. En la imagen, el Dr. McCullough exhibe su dedo anular con orgullo profesional.
Dr. Grimesby Roylott


Si pudiéramos adoptar un punto de vista alojado en el extremo interno del conducto rectal advertiríamos del otro lado la presencia de un ojo que escruta con diligencia científica la intimidad más inalienable del paciente. Es el ojo del doctor Alexander McCullough el que admira el inexplorado universo interior del enfermo a través de la única ventana corporal con vistas al oscuro y tenebroso mundo que constituye el objeto de la ciencia proctológica.
Si además de poder adoptar ese punto de vista imposible nos fuese dada la perspicacia precisa para interpretar los sentimientos que animan al ojo que contrae y dilata nerviosamente su pupila, cabría afirmar que el susodicho ojo refleja la estupefacción que asalta al insigne médico, quien, en el transcurso de la exploración rutinaria, ha descubierto lo que jamás le advirtieron sus maestros que podía hallar emboscado en la cavidad rectal de un humano. Pues allí, replegada tras las escarpadas colinas de un acceso hemorroidal orgullosamente erguido sobre el profundo valle de una fístula anal, se esconde una masa extraña y deforme, de origen y naturaleza desconocidos y cuya silueta evoca vivamente la de un par de alas desplegadas en actitud de vuelo.
Su formación científica inclina al doctor a considerar la posibilidad de un tumor o una lesión cuya presencia habría escapado a la detenida inspección del tacto rectal que con precisión mecánica, y no sin el entusiasmo negligentemente disimulado del paciente, recorrió el abismo que nos ocupa. El diagnóstico es dudoso, en todo caso. El proctólogo, hombre de largos alcances y exquisita formación humanística, reflexiona acerca del insólito descubrimiento y sopesa la posibilidad de que el origen de la extraña masa pudiera no encontrar explicación en los tratados médicos. Quizás, aquella figura alada constituya una premonición, una advertencia, una suerte de admonición urdida por un ser más grande e inaprensible, una entidad sobrehumana ajena a los padecimientos de nuestra especie y, desde luego, a los íntimos pruritos del paciente de recto dolorido.
A la búsqueda de un diagnóstico riguroso y documentado, el proctólogo erudito, con un gesto teatral y premeditado, jura en la soledad de su consulta que, a mayor gloria del conocimiento humano, no cejará hasta llegar al fondo del asunto, compromiso que, proclamado a voz en grito, llega a oídos del paciente que, acomodado sobre la camilla con los pantalones a la altura de las rodillas, confía, los ojos cerrados, en que el deseo expresado por el doctor no sea ejecutado de manera literal.
Las inquietudes del bienintencionado proctólogo son ya compartidas por la comunidad científica toda e, incluso, por quienes son reputados como los más inquisitivos conocedores de la naturaleza y las inclinaciones humanas. Un gran congreso multidisciplinar ha sido convocado por la Universidad de Wurzburgo en un conocido hotel de la localidad. Allí se da cita lo más granado de la inteligencia internacional: junto a los médicos más eminentes comparten deliberaciones filósofos, teólogos, antropólogos, sociólogos y un sexador de pollos austríaco atraído por las excelencias que se cuentan de las bellezas de esta ubérrima tierra germana.
Las mentes rumian sus reflexiones que, tras una pausada digestión, regurgitan para compartir con el resto del congreso. Las deliberaciones y la confrontación de las ideas aportadas por los congresistas conducen a una conclusión que no por extraordinaria resulta, a la luz de los argumentos esgrimidos, menos evidente. Aquello que el proctólogo tomó en una primera aproximación diagnóstica por un tumor no es sino, agárrense, el alma humana. ¡Milenios han debido transcurrir para que el hombre haya podido acceder a las pruebas indubitables de la existencia del alma!
Y es que las cosas acaban apareciendo donde uno menos lo espera.

Post-scriptum : Han transcurrido algunos meses desde el congreso y la conmoción que sus conclusiones causaron entre la opinión pública ha perdido intensidad. El alma con forma alada descubierta por el ya celebérrimo proctólogo no es hoy noticia. Sin embargo, los periódicos imprimen sus portadas con grandes caracteres que revelan la concurrencia de un acontecimiento funesto e inesperado. El paciente que albergaba en su interior aquel bello ejemplar de alma acaba de fallecer. Mas, como no hay mal que por bien no venga, la autopsia del cuerpo habrá de servirnos para constatar de manera incontestable la trascendencia del hallazgo consagrado hace meses por el consejo de sabios.
El proctólogo aplica el bisturí a la zona interesada, se abre paso a través de los tejidos, quiebra tendones y huesos y, en el preciso instante en el que la masa queda expuesta a la contemplación directa…prrrfff… la insólita presencia queda reducida a un gas de olor pútrido y denso que invade la sala de autopsias.

Y es que no somos nadie.

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
LO QUE EL CINE DE HITCHCOCK ADEUDA A FOX,
por Marius Mandel, extraído de su obra "Fox in the Seventh Art"


La sobresaliente figura de Sir Alfred Ignatius Fox y su inabarcable obra literaria han sido objeto de recensiones, glosas y homenajes a lo largo de todo el siglo XX. Su compatriota y tocayo Sir Alfred Hitchcock rindió tributo a ambas en su obra maestra de 1958 “Vértigo”. El reconocimiento a la figura de Fox y a sus creaciones, que a muchos pasó inadvertido, resulta obvio en la secuencia del museo. James Stewart (Scottie Ferguson) vigila a Kim Novak (Madeleine Elster) mientras la joven contempla un enigmático retrato en la pinacoteca. Hitchcock situó tras Stewart un pequeño retrato de pareja en el que se distinguen los rostros de Sir Alfred y su esposa Maggie Merryweather.

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
LA ELEVADA EXISTENCIA DE BASIL GLIDE, por Harriet Jennings, doctora en psiquiatría

La revista estadounidense Harper’s Weekly dio cuenta en 1912 del extraordinario caso de Basil Glide. La publicación incluía un amplio reportaje gráfico (en su portada, el protagonista posa ante el Big Ben) y una reveladora entrevista al funcionario que sorprendió al Londres de su tiempo con sus singulares poderes.

Mientras cumplimentaba un formulario sobre su mesa del negociado municipal, Basil Glide levitó un tanto. Si juzgamos el prodigio en virtud de la altura alcanzada por el levitante, la velocidad imprimida al vuelo o la duración del estado de suspensión, el portento del que fue protagonista Basil G. no podría reputarse entre los más impresionantes. Basil apenas se elevó 10 pulgadas del suelo durante unos pocos segundos, milagro más que modesto si ha de compararse con las apariciones marianas de Fátima o la carne resurrecta de Lázaro, cuyas magnificencia, espectacularidad y puesta en escena hacen palidecer el discretísimo planeo de nuestro funcionario.
La ausencia de un estilo depurado, la obvia impericia aeronáutica del contable, la tosquedad de su técnica levitadora y su absoluta carencia de sentido escénico no constituyeron, sin embargo, juicios capaces de entorpecer el asombro de los oficinistas del negociado testigos del sobrenatural episodio. Los departamentos municipales de Londres no ofrecen a diario espectáculos de esta especie.
La noticia del funcionario que levita en horario de oficina trepó por la escala jerárquica del Ayuntamiento hasta hacer cima en el mismísimo alcalde, quien, con el tiempo, habría de convertirse en el muñidor de la vertiginosa carrera social y profesional que condujo a Basil G. a ser reconocido como uno de los hombres más influyentes de su generación.
Pero volvamos a Basil. Hasta el día en que, vaya usted a saber por qué, se elevó casi un pie sobre el parqué del negociado, Basil G. no había levitado jamás. Tampoco volvería a hacerlo después, a pesar de la pertinaz insistencia de sus contemporáneos. “Quien hace una levitación, hace ciento”, murmuraban poderosos y populacho a su alrededor, convencidos de que si Basil no había vuelto a levitar era, sencillamente, porque no le daba la gana. Nadie quería creer que el pobre no habría sabido cómo repetir aquella maravilla del vuelo sin impulso.
La protección del alcalde y su recién adquirido carisma valieron a Basil G. un cargo de responsabilidad en el Ayuntamiento, un sillón en la Academia de las Buenas Letras del condado de Buckinghamshire, su tierra natal, un escaño en la Cámara de los Comunes, los títulos oficiosos de polígrafo, intelectual y poeta y una amante de la que le separaban 20 años y 40 kilos. Basil G. no volvió a levitar pero, a juzgar por el generoso trato que le dispensaba la vida, habría tenido sobradas razones para hacerlo.
La existencia le sonreía, por lo que apenas si le perturbó el acoso silencioso de quienes aguardaban la repetición del prodigio. “Quien levita una vez, levita ciento”, insistían plebe y aristocracia.
Si Basil subía al estrado en el Parlamento, ni uno solo de los honorables representantes de la soberanía popular reparaba en sus gestos ampulosos ni en su correcta dicción. La atención de los parlamentarios se concentraba en sus pies a la búsqueda de un indicio que revelase el inicio de un movimiento ascendente. Si exponía su docta opinión durante las sesiones de la Academia de las Buenas Letras, los señores académicos, ajenos al discurso del prohombre, fijaban la mirada en los zapatos de charol del ex funcionario, convencidos de que sería en aquella ocasión, ante un público tan selecto, cuando Basil G. se elevaría sobre sus conciudadanos para pasmo y orgullo del pueblo que le vio nacer. Tal cosa jamás sucedía.
Aquella monomanía persiguió a Basil G. hasta su mismo lecho de muerte. Junto a él, dolientes en aquel tránsito postrero del amigo, se hallaban los hombres más notables, admirables y cultivados de la nación. El celebérrimo Sir Alfred Ignatius Fox figuraba entre ellos.
En aquel preciso instante, y entre estertores, Basil G. abrió los ojos de improviso, como dos faros enormes y extraviados, escrutó a la concurrencia, irguió la cabeza, elevó los brazos, agitó las piernas y, cuando todos creían que, por fin, remontaría el vuelo para escapar de la iniquidad del mundo a través de la ventana de la habitación, dejó escapar una ventosidad y murió.

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
LAS POSTRERAS VOLUNTADES DE SIR ALFRED, recogido de la biografía "Alfred Ignatius Fox: Alive and kicking", de H. G. Wells

El documento que a continuación se reproduce figura entre los manuscritos a los que H. G. Wells tuvo acceso durante la redacción de su obra “Alfred Ignatius Fox: Dead man in the hole, alive man in the bun”. Las últimas voluntades de Sir Alfred nunca fueron respetadas por lo que, y a pesar de lo preciso de sus disposiciones, jamás le fue retirada la nacionalidad británica. “Maldito chalado bastardo”, fueron las palabras que, según la tradición de los biógrafos de Sir Alfred, pronunció su esposa, la señora Margaret Merryweather, tras dar lectura al testamento]
Dr. Grimesby Roylott

Si, tras mi muerte, alguien husmea entre mis legajos, podrá encontrar el documento que detalla mis últimas voluntades. Quien tal ose obtendrá como recompensa a su curiosidad la lectura de un testimonio que, dado su alcance y gravedad, jamás me atreví a compartir en vida. Léase el presente testamento con el respeto y la reverencia debidos a quien en un futuro, quizás no tan lejano como usted imagina, se convertirá en su vecino de fosa. Vamos a ello: "Yo, Sir Alfred Ignatius Fox, a cuatro palmos de la línea de meta y en posesión de todas mis facultades mentales –las físicas, que tanto solaz me proporcionaron, las extravié hace tiempo-, declaro mi irrevocable voluntad de renunciar a mi condición de súbdito del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte para convertirme, quid pro quo, en servidor abnegado de Kang-Te, reverenciadísimo monarca del recién constituido Imperio de Manchukuo".

"Quien quiera entender mi desistimiento como una traición (ya sea a la patria que hospedó la civilización y el progreso, ya a la hacienda pública que se verá privada de mis aportaciones) advertirá, si ocupa un par de minutos en una reflexión detenida y sosegada, que no hay tal. Comprenderá usted que esta resolución mía no ha resultado fácil de adoptar. Quien firma al pie siempre se jactó de ser un inglés íntegro e insobornable. Soy un hijo de la antigua Albión, uno de ésos que, desde la más tierna infancia, disciplinó sus dientes en la ardua empresa de socavar la impenetrable firmeza de inatacables plum-cakes cocinados conforme a la receta tradicional de nuestras muy británicas abuelas. ¡Señores, yo excité mis neuronas con los mensajes de la vieja Reina Victoria y dejé que mi sangre anglosajona se filtrase en el subsuelo de la África hollada por nuestros colonizadores! ¿No son éstas credenciales suficientes para acreditar mi anglofilia, mi desmesurado amor por la tierra de Arturo?"

"Soy tan británico como el que más, pero no tengo alternativa. Transitaré a la otra esfera, donde las almas vagan evanescentes, hacia el lugar donde ya no se padece, allí donde se acaba la jurisdicción del Arzobispo de Canterbury, transitaré, digo, con la cédula de súbdito de Manchukuo asegurada entre los dientes. ¿Por qué? Las razones son variadas y numerosas, pero espigaré un ramillete de ellas para usted. Podría alegar en mi favor las bellezas cautivadoras de los ríos que atraviesan la patria manchú – el caudaloso Liao Hoy, el embravecido Sungari-, la severidad de sus inviernos gélidos e inacabables, la solemnidad de las montañas Changbai, coronadas por el arrogante Baiyun . Pero, más allá de todo lo que pueda leerse en la Enciclopedia Británica, mi recién estrenado afecto por el Imperio Manchukuo es el resultado de una pasión vicaria que tiene su verdadero hogar en la deliciosa personita de Tan Yu-ling. Le invito a recorrer toda la campiña del Reino Unido, a sondear sus ríos, a allanar sus domicilios, a peinar sus redes de alcantarillado en la certeza de que no será capaz de encontrar un ser más delicado, un corazón más generoso, un regazo más cálido. El amor ha vencido al Imperio. ¡Y grito, en las que presumo mis horas postreras, una blasfemia por la cual no he de pedir excusas: God save Yu-ling!"
"Moriré bárbaro, pero enamorado".

Sir Alfred Ignatius Fox
Manchester, 25 de febrero de 1933

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
REBELIÓN AVIAR EN LA GRANJA PAINFULPECK, por Evelyn J. Partridge, etóloga


Evelyn J. Partridge (1888-1969) fue viajera incansable y uno de los nombres de referencia en el ámbito de las ciencias dedicadas al estudio del comportamiento animal. Nacida en Brighton en el seno de una familia acomodada, Patridge cursó estudios en Cambridge antes de emprender un colosal viaje de tres décadas que le condujo a través de decenas de países. “El extraño caso de los pollos de la granja Painfulpeck”, publicado en 1935, es un sesudo estudio científico en el que Partridge empeñó seis años de su labor profesional. El trabajo da cuenta del extravagante comportamiento mostrado por las aves hacinadas en una granja de la localidad de Moulton, en los Estados Unidos. Lo que sigue es un fragmento de dicha obra.[En la imagen, Partridge posa junto a un grupo de trabajadores de la granja Painfulpeck. Junto a ella, una joven sostiene a Cary, al que todos los indicios reputan como uno de los vástagos del malhadado Benny]
Grimesby Roylott

No ha de extrañar que los pollos de la granja avícola Hermanos Painfulpeck se hayan visto seducidos por el atractivo del mostrador que preside la pollería Viuda de Silvester Thigh, ubicada en pleno centro del mercado de abastos. Durante años, la rutina en la granja de los Painfulpeck condenó a generaciones de pollos a la alienación y el aburrimiento. La intensidad de la luz que despedían las bujías utilizadas para iluminar el recinto, infatigables día y noche para confusión de la población aviar, invitaban a los animales a comer compulsivamente. Era digno de ver el espectáculo que ofrecían miles de pollos confabulados en una coreografía de cuellos que ascendían y descendían mientras una sinfonía de cloqueos y golpes de pico señalaba el ritmo de los danzantes.
Los abuelos y los padres de estos pollos no concibieron más vida que la del hacinamiento, el hartazgo de grano y el penetrante hedor a mierda de ave. Los hijos del señor Painfulpeck, contrariando de este modo las técnicas tradicionales con las que su padre había conducido el negocio, implantaron nuevos métodos, diseñaron modernas estrategias de producción, sustituyeron viejos e ineficaces hábitos. Y con todo ello procuraron la felicidad de aquellos desgraciados abocados al destino fatal de la pepitoria.
Aplicando las más modernas teorías de la psiquiatría animal, con particular atención a aquéllas que fueron urdidas para la descripción de la conducta social del pollo común, los Painfulpeck instalaron en cada una de las esquinas de las granjas potentes aparatos radiofónicos de un tamaño desusado que ofrecían, sin descanso, la programación de las estaciones de radio más celebradas del condado.
En un principio, la novedad no turbó a los pollos que, como hasta entonces habían hecho sus padres y los padres de sus padres, continuaron picoteando el suelo a la búsqueda de grano. Bastaron unos pocos días, sin embargo, para que comenzara a advertirse un cambio en el comportamiento de las aves. Los animales empezaron a abandonar la rutina de la deglución incontinente de grano y comenzaron a formar grupos delante de los aparatos.
Había transcurrido apenas una semana desde que instalaron los receptores de radio cuando los pollos descubrieron el mostrador de la viuda de Silvester Thigh. La que fuera esposa del pollero era entrevistada por un avezado reportero, quien describía a los radioyentes la deslumbrante estampa de la pollera, con su bata de un blanco impoluto sólo maculado por una pequeña piltrafa de carne adherida a la solapa. Mientras la viuda hablaba, los pollos imaginaban ensimismados el mostrador donde eran exhibidos media docena de sus congéneres, limpios como ninguna de las aves de la granja lo había estado jamás, coquetamente dispuestos en una sucesión armónica y premeditada, ornados con unas cintas púrpuras que festoneaban las patas amarillas. Y todos adquirieron la certeza de que en el mostrador de esa pollería residía la felicidad.
La pollería que fue de don Silvester Thigh era para estas aves aisladas e inexpertas una metáfora que cada individuo adaptaba a sus aspiraciones vitales, a sus deseos más íntimos, a las expectativas que, éstas sí en todos los casos, habían sido alimentadas por la programación de la radio. Unos veían en el mostrador la encarnación de los distinguidos gabinetes donde las damas de buena sociedad recibían a lo más selecto de la burguesía local,y se soñaban departiendo con el primer ministro o celebrando en la Casa Blanca una ocurrencia del mismísimo presidente Roosevelt, todo ello ante la vigilancia curiosa de las amas de casa, los limpiabotas y los guardias de seguridad del mercado. Otros, entusiastas lectores de The Wall Street Journal, convirtieron el establecimiento de la viuda del pollero en su particular tribuna del Congreso, y se soñaron lanzando soflamas desde el mostrador, luciéndose ante los cargos directivos del partido, demócrata o republicano,según las preferencias del caso, cacareando verdades ante un auditorio integrado por sus señorías y por la brótola que, recostada sobre el mármol del puesto de enfrente, les observaba atentamente con sus ojos desmesurados. También hubo quien se soñó gobernador en Alaska, escritor, amante de una rica aristócrata, periodista de renombre, académico, científico ilustre, primer bailarín del Bolshoi, estrella del cinematógrafo, asesor personal de Sir Alfred Ignatius Fox, aquel inglés tan renombrado,banquero
multimillonario, héroe de la navegación aérea transoceánica, presidente de la Reserva Federal, príncipe heredero de Liechtenstein y amante inagotable. Un par de electrodos sabiamente ubicados, una corriente demoledora y Benny, el pollo más veterano de la granja, cacareó su último aliento. El alma se le escapó a Benny por la pechuga de pollo aunque, habituado al vuelo corto en vida, supo manejarse con cierta destreza para situarse sobre la vertical de su propio cuerpo, exánime y ya depositado sobre el mostrador de la pollería. Mientras celebraba su suerte, la que había de entregarle a una eternidad repleta de dicha en el expositor del establecimiento más afamado del mercado, observó no sin espanto cómo la señora viuda de Silvester Thigh tomaba entre sus manos el cuerpo que un día fue el suyo y le introducía un limón vía rectal. Y fue así como acabó de convencerse de que no era sensato fiarse de la radio.

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
EL SILLÓN DEL CORONEL LEWELLYN PERCIVAL, por Alfred I. Fox, extraído de su obra "Historia de las sociedades insignes de Inglaterra"

Dijeron que el difunto Coronel Lewellyn Percival estaba mochales, que no existía modo de explicar aquella su última chaladura, un disparate póstumo que constituía una ofensa a Dios, una excentricidad que escandalizó a la Academia de las Buenas Letras y causó algún que otro accidente cardiovascular a varios miembros de su directiva. No ha de asombrarnos, sin embargo, tanta incomprensión. El Coronel Percival era un pionero, un visionario, un adelantado, y de todos resulta sabido que aquél que ve más allá acaba siendo víctima de la arrogancia de sus contemporáneos. El benemérito Lewellyn Percival no iba a ser una excepción.

Si existía algo sobre la faz de la tierra que enorgulleciera a aquel espíritu cándido, al que todos lloramos aun hoy, era su sillón en el salón de plenos de la Academia, la más preclara institución del condado de Buckinghamshire, útero en cuyo interior habían madurado los talentos más conspicuos desde tiempos inmemoriales, albacea de las esencias patrias y madre amantísima de las artes y los conocimientos científicos. El sillón del Coronel fue en tiempos una rotunda pieza de caoba que las manos del maestro ebanista habían moldeado con la sabiduría del artesano para acomodar la rígida madera a las flácidas posaderas de aquella mente privilegiada. El académico se extasiaba ante la contemplación de aquel hermoso mueble por cuyo respaldo, labrado con insólita pericia, trepaban las figuras de dos dioses griegos, un eunuco, un faraón egipcio de dinastía desconocida y un alcalde que cobró fama por su decisión de clausurar “The manual habilities house", una institución que, aunque disoluta y perniciosa para la moral pública, gozó durante décadas de una nutrida clientela.

Teníamos que haberlo supuesto, pero no lo hicimos y ello explica la terrible desazón, la compunción inefable que nos produjo la lectura pública de las últimas voluntades del difunto coronel. “En pleno uso de mis facultades mentales declaro como último propósito, cuya ejecución reclamo inexcusable, que se me diseque y coloque en actitud sedente sobre mi sillón del salón de plenos de la Academia”, leyó el notario.

Lo cierto es que se hacía raro ver allí al Coronel, la piel apergaminada, el gesto inconmovible, la mano derecha abierta a la altura de su cabeza, como solía hacer en vida cuando defendía con encendido entusiasmo la etimología correcta del vocablo “gonorrea”, los ojos vidriosos, pues de vidrio eran, que miraban ausentes hacia ningún lugar en particular…Singularmente sobrecogedora resultaba la inscripción que sobre la frente del coronel había tatuado, vanidad de disecador, el menor de los Tunafish: “Viuda e hijos de Tunafish, taxidermistas y expertos en rapaces. Aylesbury, Buckinghamshire”.

La presencia en las reuniones plenarias de aquella mojama que en tiempos pasara por uno de los más relevantes académicos de la institución no alteró, contra lo que pudiera pensarse, las deliberaciones de la Academia. Todos acabaron por acostumbrarse y, aunque resulte difícil de creer, las consideraciones de la momia fueron celebradas con mayor entusiasmo del que obtuviera el Coronel en vida con sus disertaciones. Como sucediera que, por razones obvias, el coronel había dejado de hablar, las majaderías que solía defender cuando aún estaba entre nosotros dejaron de escucharse en el salón de plenos. Alguien dirá que, del mismo modo, la taxidermia también privó a los académicos de las brillantes ideas y las reflexiones atinadas que el difunto aportaba a los debates. Pero si se estima que en el balance entre las memeces y las ocurrencias felices que paría el cerebro de Lewellyn Percival las primeras superaban con holgura a las segundas, se podrá concluir fácilmente que, obligado ahora al silencio por la pericia de los Tunafish, el académico resultaba, post-mortem, mucho más inteligente.

La noticia del académico disecado que descollaba intelectualmente sobre sus colegas en las discusiones de la Academia corrió como la pólvora. Laboristas y conservadores vieron en ello una oportunidad y, siguiendo la estela de nuestro prócer, comenzaron a presentar en sus listas a candidatos disecados a los cuales el tratamiento taxidérmico les hacía ganar en frescura y talento.

Gracias a esta resolución, la gestión de la cosa pública ha experimentado una notable mejoría.


[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
MERRY CHRISTMAS, por Alfred I. Fox, extraído de su obra "Decadencia y escarnio del orgullo británico"

La cuñada de Lord Reuben Hayes insistió en que antes de la cena la familia debía conocer las habilidades músico vocales de su pequeño Henry, un niño orondo y perezoso hacia quien el anfitrión de aquella entrañable velada de Navidad sentía un acerbo desafecto. Pero como la cuñada no desistía de su propósito, allá tensáronse las cuerdas vocales del angelito para remover de indignación en su fosa al bueno de Haendel, cuyo Mesías se empeñó en perpetrar aquel monstruo adolescente.

Cesó la interpretación del infante y, con ello, el tormento. La cuñada de Lord Reuben lloraba sinceramente conmovida. Aun así, acertó a balbucir, sofocada por la emoción: “Este niño llegará lejos”. Y Lord Reuben pensó que él mismo podría encargarse.

Lucía el pequeño en su rostro un estridente color berenjena, producto ciertamente de la congestión, cuando todos se sentaron a la mesa. El pródigo Lord Reuben se dispuso a trinchar el pavo para sus invitados, que no fue poco el esfuerzo que hubo de empeñar para evitar la tentación de utilizar el filoso cuchillo contra el niño cantor.

Para entonces, el facundo Sebastian Mortimer, emparentado lejanamente con los Hayes y a quien todos en la familia tenían por tipo de humor franco y desenfadado, ya deleitaba a la concurrencia con uno de sus excesos aerofágicos, alarde que con ruidoso entusiasmo y regocijo acogieron los comensales.

Las fauces de la cuñada devoraban presto la inerme ave mientras una espesa vela de salsa verde se encaminaba morosa desde la comisura de sus labios al acantilado de sus abundosos pechos, los mismos que amenazaban con desparramarse sobre la mesa huyendo de la tiranía del escote. El espectáculo recordó a Lord Reuben la interesante disertación ofrecida días antes en los salones de la Sociedad Geográfica por el afamado naturalista Herbert Sparrow: una charla monográfica dedicada a los hábitos copulativos de la boa constrictor.

Fue entonces cuando apareció el Toby en escena. Era éste un perro feo y malencarado, con la piel tumefacta por los parásitos, del que sus cuñados jamás se separaban y al cual profesaban un tan profundo como inexplicable aprecio. Y allí, en la boca, el Toby portaba, seguramente hurtados de su ingenioso escondrijo en el doble fondo del armario, algunos de los ejemplares de la muy amena y profusamente ilustrada colección de literatura sicalíptica que Lord Reuben había logrado reunir en sus múltiples viajes por el mundo. Humillado, el anfitrión disimuló su azoramiento y propuso un brindis: “Feliz Yom Kippur”.

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
NUEVOS HÁBITOS HIGIÉNICOS, por Alfred I. Fox, extraído de "Profilaxis social en los albores del siglo XX"

La existencia del hombre es una aventura plagada de amenazas. Ahí afuera acecha un sinnúmero de virus en permanente mutación, una turba de microbios ansiosos por asentarse en nuestras mucosas, un sinfín de sustancias ponzoñosas emboscadas en los más apetecibles alimentos. La vida no es sino una continua batalla, un combate sin tregua, una guerra sin cuartel entre el individuo y un medio hostil. Históricamente, el hombre, perdido en un mundo tan inclemente, ha procurado proveerse de los instrumentos y el bagaje necesarios para defender su salud y, con ella, su propia vida. La medicina ha servido de égida contra los embates de la enfermedad, de protección no pocas veces impenetrable para la voracidad de gripes, sarampiones y paperas. La ciencia de Galeno e Hipócrates nos ha legado los medios para demorar la muerte. La medicina ha alcanzado cimas entre las que no sería honrado silenciar algunas de las que tenemos por más afortunadas y providenciales: el ácido acetil salicílico, el linimento Sloan, el jerez amontillado y la obra literaria de Derrick de Marney, cuya lectura se ha revelado eficacísima en el tratamiento de los desarreglos del sueño.

La revolución industrial, el bienestar propiciado por el desarrollo de las grandes compañías coloniales y el progreso incontenible de los nuevos medios de transporte introdujeron no pocos cambios en la visión que el inglés medio tuvo siempre sobre la vida y su inevitable finitud. Persuadidos de que la domesticación de nuestros hábitos vitales nos proporcionaría la lozanía, belleza y permanente juventud de la que hacían gala los caballeros y damas de la alta sociedad, muchos se empeñaron en extremar los cuidados, en adquirir nuevas rutinas y, al cabo, en desterrar cualquier atisbo de amenaza a su supervivencia. Y no es lo peor este afán por la preservación de la propia salud, sino la convicción que anida entre muchos de que, con las atenciones adecuadas y la observancia de las prevenciones recomendadas por los expertos, resulta absolutamente improbable morirse.

Pues efectivamente, hay por ahí individuos que, aunque parezca mentira, continúan convencidos de que nunca acabarán con una mortaja afianzándoles la mandíbula mientras su cuñada le despelleja, aunque difunto, en la cocina. Creen, y es una convicción más extendida de lo que parece, que si un ser humano observa hábitos saludables desde su más tierna edad no existe posibilidad alguna de que nada se lo lleve para el otro barrio. Pues, si uno no fuma, no bebe, no consume alimentos ricos en grasas y azúcares, abomina de las carnes rojas, los pasteles, los helados y las golosinas, erradica de su dieta la sal y las salsas especiadas, integra en sus hábitos alimenticios el consumo de frutas y legumbres, practica una hora diaria de ejercicios atléticos y suprime la visita dominical a casa de la madre política, si un hombre hace todo esto, ¿qué fuerza hay en el mundo capaz de arrebatarle la vida? Ninguna.

Los muchos que así piensan tienen para sí que sólo un acto de violencia extrema, un suceso imprevisible, una desgracia colosal podría poner fin a su existencia. La mayor de las amenazas, la que más inquieta a estos individuos, es sin lugar a dudas, la del aplastamiento a consecuencia de la caída de un piano de cola sobre sus cabezas. Ellos consideran que sólo un accidente de este carácter podrían dar con sus huesos en la tumba. Y es por esto por lo que –y basta con ser un mediocre observador para darse cuenta- todos ellos eluden las proximidades de los conservatorios.


[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]

"ESTRAFALARIO CONFINAMIENTO EN LA RESIDENCIA WHITTINGHAM", por el reverendo Nathaniel Shelton

Los condolientes se organizaron disciplinadamente en fila para expresar por turnos su más sincero pesar a los deudos, gente circunspecta y ojerosa que vestía las negras indumentarias de rigor, amables en el agradecimiento, débiles en la presión de la mano que se ofrece para ser estrechada, resignados en el ánimo. Algunos de los invitados al velatorio, los más, mostraban su aflicción, no en pocas ocasiones fingida, como un trámite, como un recado desagradable al que resulta preciso dar término cuanto antes. “Mi más sentido pésame”, repetían como una cantinela. Otros, los menos, aprovechaban el deceso para urdir una reflexión que, más allá de la tragedia presente, abunda en la suerte de la especie humana toda y en la inanidad misma de la existencia. “No somos nadie”, decían. Había también quien, advirtiendo la oportunidad que se le ofrecía a sus posibilidades de medro, ensalzaba las cualidades del muerto, a quien sin dudar incluían en el Parnaso de los espíritus más conspicuos. “Siempre se van los mejores”, halagaban. El tedio producido por tanto tópico sólo se vio quebrado por las palabras nerviosas y entrecortadas del insigne Sir Alfred Ignatius Fox, amigo de infancia del difunto, quien alertó de la profanación: “Para mí que le han guindao el diente de oro al finado”.

La noticia del infame robo habría resultado más que suficiente para hacer de aquél un día memorable para los herederos del fallecido. Sin embargo, el descuido de la prótesis sucumbiría al olvido entre la bruma de los terribilísimos acontecimientos que se sucedieron a la conclusión del velorio.

Fue el caso que un tratante de pescado de Plymouth, urgido por la proximidad de la hora a la que había fijado la cita que habría de reunirle con su amante, aventura extramatrimonial que le procuraba tanto deleite como remordimiento, abandonó la fila y corrió apremiado por el tiempo hacia la salida, una verja señorial e historiada que custodiaba el jardincillo desplegado alrededor de la residencia Whittingham, hogar que fuera del orgulloso propietario del diente de oro, incisivo hoy en paradero desconocido. El ansioso amante se dispuso a franquear la verja cuando, para su asombro, se topó de bruces con una inexpugnable alambrada de espinos y púas que le alejaba de la civilización y, lo que aún se le antojaba más trágico, del regazo generoso y caliente de la melosa Tiffany, cifra de su felicidad y verdugo de su matrimonio.

Deudos y condolientes corrieron a través del jardincillo para persuadirse por sí mismos de la veracidad de la noticia. Y allí, junto a la intrincada e infranqueable alambrada de seis metros de alto, el millar de enlutados comenzó a comprender que sus vidas ya no serían las mismas a partir de entonces.

Los alimentos empezaron a escasear muy pronto. La idea de cocer al finado en salsa de cebolletas, rechazada con espanto por los herederos, fue ejecutada de inmediato para la satisfacción de los más golosos. Las magras carnes del muerto, si bien sirvieron para saciar el apetito de unos cuantos, no hicieron más que alimentar la inquina de los muchos que no pudieron disfrutar de su ración.

La violencia y los actos de pillaje, animados por el hambre y la escasez, no fueron sino el prólogo a sanguinarias guerras y crímenes fratricidas. Algunos lograron huir de su confinamiento practicando escapatorias subterráneas que les condujeron al otro lado de la alambrada. Fueron los escogidos de los primeros tiempos, los que años después remitirían a sus familiares, presos aún en el jardincillo del adosado, prolijas cartas en las que daban cuenta de la prosperidad que habían logrado labrarse del otro lado.
Cada vez fueron más quienes se aventuraron a emular a los fugitivos. Algunos lo consiguieron, no sin arrostrar pocas calamidades.

Las autoridades de las tierras civilizadas, aquéllas que se extendían más allá de la angostura del jardincillo asediado, lamentaban públicamente la suerte de tanta pobre gente, las privaciones a las que habían sido condenadas, la injusticia de este mundo atroz y sin sentido. Tras estas declaraciones elevaron seis metros más la altura de la alambrada.

Los cautivos no cejaron en su empeño, sin embargo. Jirones de ropa y carne colgaban de los espinos como una advertencia. Del otro lado, volvieron a oírse irritadas denuncias, llamadas a la solidaridad. Los gestos filantrópicos del gobierno no tardaron en llegar: los alambres de espino fueron sustituidos por un modernísimo material, más flexible, menos dañino, producido en una gama de colores vivos que convertía la visión de la verja en un festival cromático. “La cromoterapia se ha revelado extraordinariamente efectiva para apaciguar los episodios de angustia”, informó el psiquiatra Hieronymus Blüthenzweig, condiscípulo del mismísimo Sigmund Freud en la Universidad de Viena y, a la sazón, asesor científico de la corporación a la que se adjudicó el contrato para el tendido de la nueva alambrada.

Todo fue inútil. Una noche, una multitud gemebunda se abalanzó sobre la cerca. La resistencia de la valla fue vencida por el peso del hambre y la desdicha. Desde entonces, las calles se llenan de pobres que corren atropelladamente con la intención manifiesta de ajustarnos las cuentas.


[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]
LOS LADRONES DE TIEMPO, de Alfred I. Fox, extraído de su obra "Historia de las sociedades insignes de Inglaterra"

El gran maestre abrió la sesión con un tañido admonitorio de la campanilla. Los caballeros callaron. Un silencio ceremonioso, urdido bajo la uniformidad de una hilera de sombreros de hongo, testimonió el respeto que los sectarios dispensaban al jefe.
No resulta frecuente en nuestros días asistir a un ritual de esta naturaleza, fundado no sólo en el anonimato de los prosélitos sino también en la indispensable reserva que ha de guardarse sobre la existencia misma de la sociedad. Doce hombres ataviados con bombín, chaleco y cuello duro que empeñan prestigio y sosiego en una honorable misión: atesorar tiempo.

La sociedad nació investida por un espíritu altruista, munificente y filantrópico, según rezan textualmente sus actas fundacionales. Sus promotores advirtieron tempranamente la irritante injusticia aparejada al reparto desigual del tiempo, la ausencia de un criterio social que garantizase una distribución proporcional de segundos, minutos y horas, la añoranza de una asignación más compasiva del ambicionado artículo, cuya producción, usufructo y consunción no encuentran regulación en cuerpo legislativo alguno.
El gran maestre fue quien puso en palabras lo que ya no podía ocultarse ni al más lerdo de sus secuaces. “Robaremos tiempo”, ordenó.

Quizás se asombren si les informo de que fue la sociedad, a través de una empresa interpuesta, la que ideó, fabricó y comercializó el célebre ungüento cosmético –ustedes recordarán los reclamos publicitarios publicados en The Times- al que se atribuyó la mirífica propiedad de hacer retornar al cliente a su edad más lozana, rejuveneciendo hasta en dos décadas cualquier tipo de piel, incluso aquéllas más obstinadas en ajarse. Los acúmulos de tiempo obtenidos mediante este ingenioso expediente conformaron los primeros caudales depositados en la caja fuerte de la entidad. También habrá que adjudicar a la sociedad la feliz ocurrencia de saturar el mercado de carísimos relojes programados con el vicio oculto de adelantar un minuto cada hora.

Los primeros reintegros se ordenaron con el inequívoco propósito de rentabilizar socialmente los fondos: diez años añadidos a la existencia insultantemente breve de un científico que, gracias a los meses regalados, acabaría descubriendo una vacuna milagrosa capaz de salvar miles de vidas; un par de centésimas para el atleta de extracción humilde y nulos recursos que conseguiría, por fin, imponerse en la línea de llegada al campeón británico de la disciplina; el segundo que le faltó al héroe para rescatar al niño de debajo de las ruedas del carruaje…

Como no resulta extraño que suceda en los proyectos urdidos por el hombre, la corrupción amenazó con hacer fracasar tan noble iniciativa. El primer escándalo se salvó con la expulsión del tesorero, a quien se acusó de utilizar fraudulentamente y en provecho propio hora y media de los depósitos de la entidad. “Sólo quise salvar mi matrimonio”, lloriqueó el acusado antes de confesar que aquel tiempo ilícitamente obtenido fue empleado en el sostenimiento de una erección más prolongada y satisfactoria. A todos pareció, en todo caso, que hora y media se antojaba una fracción de tiempo desmedida para tal fin.

Pero lo que comenzó siendo una excepción, una desviación reprobable, una traición de la confianza, acabó convirtiéndose en norma. Con la connivencia del gran maestre, el tiempo empezó a ser utilizado para justificar la demora en la ejecución de las obras públicas; para sumir en el olvido las declaraciones inconvenientes que podrían dar al traste con prometedoras carreras políticas; para burlar a la policía, ganar la frontera y huir a una isla paradisíaca con el botín obtenido en un desfalco…

Una corriente crítica alzó la voz para denunciar este estado de cosas y reclamó el retorno a los orígenes, al espíritu de los socios fundadores. El gran maestre oyó a los descontentos, evaluó la complejidad de la situación y, finalmente, prometió la implementación de políticas renovadas que redundarían, sin duda, en la instauración de una nueva época, más limpia, más honesta, más decente.

”Es sólo cuestión de tiempo…”, prometió.

[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]

"LA VOCACIÓN FRUSTRADA DE BENJAMIN BUTCHER", por Shinwell Johnson, inspector de Scotland Yard

La mirada bizqueante de John “Bloody” Butcher era el trasunto de un estrabismo moral que le acuciaba a cometer actos perversos, crímenes horrendos. La inestable alineación de sus globos oculares no representó obstáculo alguno para que, durante más de medio siglo, “Bloody” Butcher cumpliera con un abyecto ritual nocturno que, como único oficiante, le conducía por las callejuelas más sórdidas del viejo Londres tras el rastro de sus inocentes presas. El despiadado John deambulaba reconfortado por la inestimable compañía de su fiel Jessie, una oxidada daga cuya hoja curva había trabado intimidad en más de una ocasión, y sin distinción de linaje, fortuna o credo, con las entrañas de vagabundos desaseados, jóvenes voluptuosas cuya fiebre atemperaba el helor del acero y aristócratas fatalmente extraviados en un callejón brumoso y desconocido.

“El monstruo del cuchillo curvo”, que tal fue el alias con el que los periódicos bautizaron al verdugo Butcher, se granjeó el repudio y el temor de sus conciudadanos, no así la enemistad de la justicia. Ya fuera por la meticulosidad que empleaba en la comisión de sus crímenes, ya por la impericia de los detectives, lo cierto es que los aborrecibles hábitos del asesino permanecieron impunes a falta de pruebas inculpatorias que aducir en un tribunal.

Sólo las probas señoras de la beneficencia londinense osaron hacer frente al voraz misántropo, aunque, claro está, dentro de sus muy limitados alcances. Con el beneplácito de las autoridades, estas abnegadas benefactoras del género humano lograron arrancar del mismo hogar del monstruo al pequeño Benjamin Butcher, el desamparado hijo de la bestia. La custodia del joven Butcher se confió a la anciana Lady Eleanor Brandy, bajo cuya tutela y cuidado el adolescente debió de haberse criado y adquirido la educación y modales que se exige a quien ha sido educado en un ambiente aristocrático. El escándalo, sin embargo, frustró tan esperanzadores planes.

Un rumor atribuyó a Lady Brandy una debilidad de espíritu que, de ser cierta, le impedía ejercer con la ejemplaridad requerida las tareas de preceptora del menor. Al parecer, y según se pudo constatar posteriormente sin atisbo de duda, la venerable dama solía condimentar su té de las cinco con un generoso chorreón de aguardiente. Pero eso no era todo. Según verificó el reverendo O’Reilly en persona, la vieja había adquirido la inaceptable costumbre de aprovechar el oficio dominical para recuperar el sueño que durante la noche sus achaques artríticos le hurtaban. Una persona con tales flaquezas había de ser, sin remedio, una pésima influencia para el niño. De modo que, en un ejercicio de civismo irreprochable y de salvaguarda de la infancia, el pequeño Butcher fue devuelto a su padre.

Benjamin creció bajo la égida de un padre despiadado y feroz. Sin embargo, y pese a sus pervertidas inclinaciones, el viejo Butcher profesaba hacia su hijo un sentimiento emparentado con el cariño. Cuando regresaba de sus correrías nocturnas, procuraba disimular ante Benjamin la mueca cruel de victoria que dibujaba su rostro después de una jornada de caza particularmente provechosa.

Como sucede que el carácter del hombre se forja en gran medida por vía de emulación, pronto Benjamin soñó con convertirse en un afamado asesino. Pese a sus firmes propósitos, las primeras tentativas se saldaron con fracasos estrepitosos. La oscuridad de los callejones le espeluznaba de tal modo que, aun cuando intentaba sobreponerse a ello, las más de las veces acababa reclamando el auxilio de aquél a quien había elegido como víctima. Incapaz de tolerar la visión de la sangre, el joven Butcher pensó en especializarse en el refinado arte de la estrangulación, pero también aquí el éxito le fue esquivo. Los ojos extraviados y las lenguas amoratadas de los asfixiados le espantaban tanto como la ausencia de luz y la efusión de hemoglobina.

El caso de Benjamin Butcher, el asesino frustrado de Kensington, ha merecido la atención de los más conspicuos estudiosos del comportamiento humano en sociedad. Esta pléyade de talentos de las ciencias sociales, entre los que refulge con brillo propio el insigne Sir Alfred Ignatius Fox, ha concluido que si Benjamin no alcanzó las cimas del virtuosismo criminal que su tutor legal exhibió en los más siniestros escenarios fue porque no estaba en su naturaleza. Benjamin Butcher no nació ni para rebanar pescuezos ni para quebrar esternones.

A cada cual lo suyo.


[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]

"LA PROVERBIAL LUCIDEZ DE LORD HERBERT REGINALD MONTAGUE. IN MEMORIAM", por A. I. Fox

Lord Herbert Reginald Montague (1833 - 1920) fue tenido en vida como uno de los más ilustres hombres públicos que jamás rindieron servicio a Su Majestad la Reina Victoria. El nombre y obra de Lord Montague alcanzaron los confines del Imperio, celebridad que sus contemporáneos atribuían a una oratoria excelente, una rígida moral anglicana y un intelecto vivo y punzante. En realidad, y esto era una verdad tan sólo conocida en su círculo familiar y entre el personal de su servicio doméstico, Lord Montague era un cretino, lo que en ésta y en otras épocas se ha venido en llamar un perfecto idiota.
La fama de este hijo esclarecido de Inglaterra se forjó en las disputas electorales en las que intervino. Las gentes estimaban el mérito de sus ponderados discursos y medidas razones, armas a las que Lord Montague recurría en tiempo de elecciones. Pero, si como ya hemos advertido, Lord Herbert Reginald Montague era propiamente un majadero, un cenutrio, un tonto del haba, ¿cómo es posible que la posteridad haya acogido en su selecto seno a un mastuerzo tan fenomenal?
Para dar cumplida respuesta a tan razonable objeción habrá que explicar que este conspicuo caballero de la Reina hizo carrera política gracias al extraño síndrome que le aquejaba, una corrupción de los mecanismos del pensamiento que la psiquiatría tardaría todavía décadas en describir. Pues resulta que Lord Montague, enfrentado a un público enardecido, subía al estrado y comenzaba a hablar con encendido apasionamiento, descubriendo, para su sorpresa, que, debido a sus dificultades en el manejo de su propio idioma y de su sistema neuronal, lo que decía no tenía nada que ver en absoluto con lo que pretendía decir, que las ideas que creía alumbrar en su cerebro se convertían en una cosa completamente distinta cuando salían de su boca para difundirse entre el auditorio. Y, lo que se antoja más admirable, acababa diciendo algo que resultaba infinitamente más brillante que lo que había pensado decir.
Si hemos de buscar un símil eficaz, podríamos decir que Lord Montague era como el cazador que avista una perdiz, se apresura a asegurar el arma contra el hombro, dirige el cañón de la escopeta en dirección a la cabeza del malhadado animal, afianza el dedo en el gatillo, dispara…y acaba abatiendo a un elefante. Del mismo modo, el cráneo de Lord Montague albergaba ideas-perdiz que, cuando escapaban de entre sus labios para el conocimiento público, se convertían, sin intervención alguna de su voluntad, en ideas-paquidermo.
El legado y las enseñanzas de Lord Montague permanecen vivos en nuestros días. Lo que el síndrome Montague nos invita a entender es que el éxito de una campaña electoral no depende tanto de las ideas como de la apariencia. Nuestro candidato puede ser un idiota, pensar como un idiota, tener, incluso, unas facciones ante cuya contemplación no quepa duda alguna de que se trata de un idiota. Pero, y esto es lo fundamental, el éxito electoral depende de que no parezca un idiota.
El idiota de Lord Montague no lo habría explicado mejor.


Manchester, 6 de abril de 1920


[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]

England - National Anthem - God Save the Queen (Orchestra, chorus)



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