El obispo anglicano Algernon Yoke (1825-1916), férreo contradictor de las costumbres disolutas, anatema de los consumidores del vino de Oporto, látigo inmisericorde de sufragistas, fabianos y republicanos, incinerador entusiasta de las obras de Oscar Wilde, racista irredento, martillo de papistas y autor de libelos infames, es el protagonista de una de las biografías más celebradas de cuantas fueron dadas a la imprenta bajo la autoría de Sir Alfred. “’El buen pastor’ es, de entre todas mis obras, la que más satisfacciones me ha reportado”, llegó a asegurar el genio de Manchester.
El texto que aquí se reproduce, salido de la pluma de Yoke, es el de su famosa prédica intitulada “Sobre los valores de la fidelidad conyugal y la discreción exigible a la femenil condición, ya fuere en el orbe cristiano, ya en tierra de salvajes”. Enardecido, con el rostro demudado y los ojos inyectados en sangre, según cuentan los cronistas de la época, un octogenario Yoke dio lectura a su sermón ante las mismísimas puertas del Palacio de Westminster en una desapacible tarde londinense de 1901. La pieza que a continuación ofrecemos es tenida como una de las más inspiradas apologías del matrimonio salida jamás del magín de un presbítero.
La señora de Jack el Destripador, si alguna vez existió, debió de ser un dechado de discreción. Quien se dedica al crimen, y, en particular, a la modalidad del degüello y descuartizamiento, difícilmente puede ocultar a su esposa la naturaleza de sus actividades. Si las crónicas de la infamia no engañan, un homicida, por muy notables que sean sus habilidades, deja siempre tras de sí la huella de sus inicuos actos. Cuando nuestro Jack retornaba al hogar en las húmedas noches londinenses, su legítima tenía que advertir, necesariamente, la presencia de la sangre en los botines, los restos de vísceras adheridos a la pechera almidonada, la excitación pervertida que dibuja en el rostro la inclinación al mal.
Pese a las evidencias, la señora de Destripador jamás rompió su silencio. Mientras pudiera evitarlo, las debilidades de su esposo nunca mancillarían ni el buen nombre de su casa ni la fama de su linaje.
La señora de Jack el Destripador, si alguna vez existió, vivió con la incertidumbre que proporciona no saber si quien llama a la puerta es un inspector de Scotland Yard. Si tal cosa hubiese llegado a suceder, si la policía de Su Majestad hubiese venido a prender al criminal, la señora de Destripador habría fingido sorpresa, estupor, desesperación; habría gritado como una ménade; se habría arrancado mechones de cabello; habría lamentado en público su ignorancia y lo engañada que andaba; habría abjurado de Jack y de la villanía de su comportamiento; habría pedido perdón al mundo y, finalmente, en un gesto calculado y teatral, se habría desvanecido sobre la calzada polvorienta ante la consternación y la compasión de un grupo de curiosos arremolinados en plena calle.El texto que aquí se reproduce, salido de la pluma de Yoke, es el de su famosa prédica intitulada “Sobre los valores de la fidelidad conyugal y la discreción exigible a la femenil condición, ya fuere en el orbe cristiano, ya en tierra de salvajes”. Enardecido, con el rostro demudado y los ojos inyectados en sangre, según cuentan los cronistas de la época, un octogenario Yoke dio lectura a su sermón ante las mismísimas puertas del Palacio de Westminster en una desapacible tarde londinense de 1901. La pieza que a continuación ofrecemos es tenida como una de las más inspiradas apologías del matrimonio salida jamás del magín de un presbítero.
La señora de Jack el Destripador, si alguna vez existió, debió de ser un dechado de discreción. Quien se dedica al crimen, y, en particular, a la modalidad del degüello y descuartizamiento, difícilmente puede ocultar a su esposa la naturaleza de sus actividades. Si las crónicas de la infamia no engañan, un homicida, por muy notables que sean sus habilidades, deja siempre tras de sí la huella de sus inicuos actos. Cuando nuestro Jack retornaba al hogar en las húmedas noches londinenses, su legítima tenía que advertir, necesariamente, la presencia de la sangre en los botines, los restos de vísceras adheridos a la pechera almidonada, la excitación pervertida que dibuja en el rostro la inclinación al mal.
Pese a las evidencias, la señora de Destripador jamás rompió su silencio. Mientras pudiera evitarlo, las debilidades de su esposo nunca mancillarían ni el buen nombre de su casa ni la fama de su linaje.
La señora de Destripador, si alguna vez existió, debió de morir reconfortada por el escrúpulo con que guardó la fidelidad debida al esposo y por la prudencia y tacto con los que se desenvolvió en vida.
Y es que, como gustaba de decir la señora de Destripador, los escándalos son veneno para el matrimonio.

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