Los condolientes se organizaron disciplinadamente en fila para expresar por turnos su más sincero pesar a los deudos, gente circunspecta y ojerosa que vestía las negras indumentarias de rigor, amables en el agradecimiento, débiles en la presión de la mano que se ofrece para ser estrechada, resignados en el ánimo. Algunos de los invitados al velatorio, los más, mostraban su aflicción, no en pocas ocasiones fingida, como un trámite, como un recado desagradable al que resulta preciso dar término cuanto antes. “Mi más sentido pésame”, repetían como una cantinela. Otros, los menos, aprovechaban el deceso para urdir una reflexión que, más allá de la tragedia presente, abunda en la suerte de la especie humana toda y en la inanidad misma de la existencia. “No somos nadie”, decían. Había también quien, advirtiendo la oportunidad que se le ofrecía a sus posibilidades de medro, ensalzaba las cualidades del muerto, a quien sin dudar incluían en el Parnaso de los espíritus más conspicuos. “Siempre se van los mejores”, halagaban. El tedio producido por tanto tópico sólo se vio quebrado por las palabras nerviosas y entrecortadas del insigne Sir Alfred Ignatius Fox, amigo de infancia del difunto, quien alertó de la profanación: “Para mí que le han guindao el diente de oro al finado”.La noticia del infame robo habría resultado más que suficiente para hacer de aquél un día memorable para los herederos del fallecido. Sin embargo, el descuido de la prótesis sucumbiría al olvido entre la bruma de los terribilísimos acontecimientos que se sucedieron a la conclusión del velorio.
Fue el caso que un tratante de pescado de Plymouth, urgido por la proximidad de la hora a la que había fijado la cita que habría de reunirle con su amante, aventura extramatrimonial que le procuraba tanto deleite como remordimiento, abandonó la fila y corrió apremiado por el tiempo hacia la salida, una verja señorial e historiada que custodiaba el jardincillo desplegado alrededor de la residencia Whittingham, hogar que fuera del orgulloso propietario del diente de oro, incisivo hoy en paradero desconocido. El ansioso amante se dispuso a franquear la verja cuando, para su asombro, se topó de bruces con una inexpugnable alambrada de espinos y púas que le alejaba de la civilización y, lo que aún se le antojaba más trágico, del regazo generoso y caliente de la melosa Tiffany, cifra de su felicidad y verdugo de su matrimonio.
Deudos y condolientes corrieron a través del jardincillo para persuadirse por sí mismos de la veracidad de la noticia. Y allí, junto a la intrincada e infranqueable alambrada de seis metros de alto, el millar de enlutados comenzó a comprender que sus vidas ya no serían las mismas a partir de entonces.
Los alimentos empezaron a escasear muy pronto. La idea de cocer al finado en salsa de cebolletas, rechazada con espanto por los herederos, fue ejecutada de inmediato para la satisfacción de los más golosos. Las magras carnes del muerto, si bien sirvieron para saciar el apetito de unos cuantos, no hicieron más que alimentar la inquina de los muchos que no pudieron disfrutar de su ración.
La violencia y los actos de pillaje, animados por el hambre y la escasez, no fueron sino el prólogo a sanguinarias guerras y crímenes fratricidas. Algunos lograron huir de su confinamiento practicando escapatorias subterráneas que les condujeron al otro lado de la alambrada. Fueron los escogidos de los primeros tiempos, los que años después remitirían a sus familiares, presos aún en el jardincillo del adosado, prolijas cartas en las que daban cuenta de la prosperidad que habían logrado labrarse del otro lado.
Cada vez fueron más quienes se aventuraron a emular a los fugitivos. Algunos lo consiguieron, no sin arrostrar pocas calamidades.
Las autoridades de las tierras civilizadas, aquéllas que se extendían más allá de la angostura del jardincillo asediado, lamentaban públicamente la suerte de tanta pobre gente, las privaciones a las que habían sido condenadas, la injusticia de este mundo atroz y sin sentido. Tras estas declaraciones elevaron seis metros más la altura de la alambrada.
Los cautivos no cejaron en su empeño, sin embargo. Jirones de ropa y carne colgaban de los espinos como una advertencia. Del otro lado, volvieron a oírse irritadas denuncias, llamadas a la solidaridad. Los gestos filantrópicos del gobierno no tardaron en llegar: los alambres de espino fueron sustituidos por un modernísimo material, más flexible, menos dañino, producido en una gama de colores vivos que convertía la visión de la verja en un festival cromático. “La cromoterapia se ha revelado extraordinariamente efectiva para apaciguar los episodios de angustia”, informó el psiquiatra Hieronymus Blüthenzweig, condiscípulo del mismísimo Sigmund Freud en la Universidad de Viena y, a la sazón, asesor científico de la corporación a la que se adjudicó el contrato para el tendido de la nueva alambrada.
Todo fue inútil. Una noche, una multitud gemebunda se abalanzó sobre la cerca. La resistencia de la valla fue vencida por el peso del hambre y la desdicha. Desde entonces, las calles se llenan de pobres que corren atropelladamente con la intención manifiesta de ajustarnos las cuentas.
[Traducción: Lorenzo Stappleton Luján]



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